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jueves 16 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 14




Diario de una cebollita

Día 14

Domingo


Por Dionisio Guerra

¿Quién en el mundo, después de hacer algo como lo que hice, quiere seguir viviendo? Hoy me levanté temprano, pero no hice ningún intento por salir de mi cuarto. Tampoco me moví de la cama. Estuve despierta mirando al techo, recordando lo que pasó y estrujándome el momento en que decidí hacer las cosas de esa forma.
Permanecí así por más de ocho horas. Llorando en silencio, volviéndome loca. Otra vez comenzaba a sentirme sola. Otra vez sentía que no valía nada para el mundo. Sigo pensando que perdí una excelente oportunidad.
A eso de las cinco de la tarde mi mamá vino a tocarme la puerta. La ignoré por varios minutos. Me gritó que me vistiera que íbamos a ir donde mi tía a una reunión familiar. “NO”, le grité desde mi cama, sin moverme.
-Es que ya viene Aldo a buscarnos…y trae a su novia- dijo ella, sabiendo que a eso no podría negarme.
Aldo es mi primo favorito. Compartimos juntos desde que éramos niños, y es casi como mi hermano. Nunca he podido decirle no a algo que él diga. Por eso mi mamá sabía que diciéndome eso lograría sacarme de la muerte en la que estaba sumida.
Me bañé. Me puse un jeans holgado, un suéter ancho, me recogí el pelo con un gancho. No me maquillé ni me puse perfume. Desempolvé mis zapatillas de ejercicios y me puse mis medias rosadas favoritas.
Mi primo pitó desde afuera. Su novia venía en el puesto del copiloto, pero ni siquiera reparé en ella. Mis papás y yo nos sentamos atrás. Aldo hablaba y hablaba con mi mamá, mientras yo indiferente solo miraba por la ventana.
Un “hola” entusiasta me devolvió a la vida. Era la novia de Aldo saludándome. Mientras ella me miraba sonriente, yo intentaba descifrar su alegría. “¿No te acuerdas de mí?, en el Yate, con Fabián. Tu llevaste el dulcecito”.
Mis papás voltearon a mirarme. Yo solo asentí con la cabeza y voltié la mirada a la calle. Efectivamente, fue ella la que dijo despectivamente que yo era una “simple secretaría”. Afortunadamente mis tíos viven cerca, porque no tenía ganas de dar explicaciones.
Cuando llegamos ella no paraba de hacerme preguntas sobre Fabián. Decía que era la primera vez que lo veía enamorado, que muchas del grupo, incluso ella, estuvieron detrás de él, pero que a nadie le hizo caso. Yo quería agarrarla y cerrar le la boca con clavos, pero ni siquiera tenía las fuerzas ni la moral para hacerlo.
Lo peor vino después. Mientras estuvimos en la cena, ella no paraba de hablar y de pronto no sé porqué ni con qué motivos comenzó a contar ante toda mi familia, cómo me conoció. La historia de cuando esta idiota llegó al Yate con un dulce miserable a tratar de impresionar a un exitoso empresario, consiguiendo su total atención.
Yo me moría de la vergüenza. Ni siquiera la eterna discusión de mi papá con mis tíos sobre Hugo Chávez hizo que la familia se olvidara de lo que se dijo en la mesa sobre mí.
Salí al patio a tomar aire. En realidad iba con intenciones de reventar mi llanto, pero detrás de mí se fue la mujer esa a seguir hablándome de Fabián. “No dejes que se escape, es un gran hombre”.
Nos llevaron a casa a eso de las once de la noche. En el carro ya nadie comentó nada. Todos entendían por lo que estaba pasando.
En mi cuarto, mi cama estaba esperándome, todavía bañada en lagrimas. Me sentí hundida en una terrible culpabilidad. No he dejado de llorar desde entonces.

lunes 13 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 13


Diario de una cebollita

Día 13

Roto


Por Dionisio Guerra


Desastre. He sido una tonta. Creo que estoy pagando caro el hecho de haber actuado de una forma tan deliberada, sin analizarlo ni pensarlo. Tal vez merezco lo que me está pasando ahora. Me siento tan estúpida, que no puedo parar de llorar.
Como es sábado, me levanté después del mediodía. Tenía varias llamadas y mensajes, tanto del colombianito, como de Fabián. A ninguno le respondí. Todavía no tenía ganas de dejar de sentirme enferma, por lo de la regla, pero como no tengo a nadie que haga las cosas por mí, me puse a lavar la ropa. Luché para sacar la mancha de sangre de mi pantalón favorito, pero no pude. No tuve otro remedio que tirarlo a la basura. Me puse triste. Algunas veces pienso que le tengo más cariño a la ropa que a la gente. Además de que ese pantalón, hacía maravillas por mi cuerpo.
Me pasé la tarde en el cuarto, leyendo y escuchando música. Me sentía algo atontada, así que no tardó mucho para que el sueño me derrotara. Debí estar dormida un par de horas, hasta que mi mamá vino a tocarme la puerta y a avisarme que tenía visita. Pensando que era Andreita salí así mismo: recién levantada, despeinada, sin maquillaje y en camisón.
Lo que mi mamá no dijo fue que mi visita era Fabián. No tenía cara para mirarlo. Estaba paradito allí en nuestra sala con un globo que decía “get well soon”, como un niño de catorce años. En ese momento lo amé. Creo que nunca nadie ha estado tan atento a mí, como lo ha hecho él.
Llevaba rato conversando con mi mamá y le había sugerido no molestarme. Pero ella insistió y fue la que me levantó. No quiero imaginarme las cosas que dijo, pero no me importaba. Creo que el era el príncipe azul que había estado buscando.
Me dijo que como no le contesté decidió hacerme una visita para comprobar que estaba bien. Yo, y no se porqué escogí la peor excusa del mundo, le dije que no lo llamé porque no tenía saldo.
Me preguntó si quería salir a cenar con él. No podía decirle que no. “Tienes que esperar que me cambie”, le dije. Entonces el dijo algo que ojalá nunca se le hubiese ocurrido : “Bueno, entonces yo voy a una tienda que hay aquí en la esquina a comprar una tarjeta para tu celular”.
Cuando me escuché eso me viré, pero ya estaba saliendo. Crucé los dedos. Decía yo que Dios no era tan cruel para hacer algo en mi contra.
Veinticinco minutos después, yo estaba lista y él no había llegado. Cuando salí, estaba afuera de su carro mirándose las manos.
-¿Qué pasó?
-Hoy me rompiste el corazón.
Entonces me entregó lo que tenía en su mano derecha: Una tarjeta de celular. Luego abrió la izquierda y dejó caer sobre la palma de mi mano la pulsera que le había regalado a Andrés.
Me puse fría. No me atreví a mirarle a la cara.
-Solo le di tres dólares para comprarla. Si no te diste cuenta tiene tus iniciales.-Me dijo mientras se le quebraba la voz. Después de eso se fue.
Yo me quedé helada mirando la maldita pulserita. Brillaba más que nunca. Cuando entré mi mamá solo me lanzó una mirada como de "¿qué hiciste ahora?". Caminé a mi cuarto, así vestida como estaba y me tiré a llorar.
Aquí sigo. Me da miedo llamarlo. Me da miedo preguntarle. Me da miedo perderlo. :’(

jueves 9 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 12





Diario de una cebollita

Día 12

Sangre
Por Dionisio Guerra

Hay un momento en la vida de toda mujer que pasa por lo que me tocó pasar a mí hoy. Yo siempre dije que estaría preparada, con la protección en mi cartera lista para usar cuando sucediera. Pero me agarró desprevenida. Todavía estoy llorando la experiencia.
Hoy no ha sido un día normal. No sé ni cómo definirlo. Anoche, después que despedí a Andrés de la casa y de buscar infructuosamente mi “rollo”, decidí que eso no podía pasar de tonta al confiar en un tipo que actuó de esa forma casi delictiva.
Aunque el colombianito me encanta, decidí que me iré con cuidado y lo mantendré lo más al margen que pueda. Eso no significará que deje de verlo, aunque por ejemplo hoy decidí no pasar por la tienda a recargar la cuenta de mi teléfono (aunque me moría de ganas).
En el trabajo no fue el mejor día. Llegando, me topé a mi jefe en la recepción, y me pidió que le actualizara sobre unos clientes que tenemos en la Zona Libre. Mi jefe es un hombre mayor, pero bonachón y me tiene mucho cariño. Realmente tenemos una buena química dentro del respeto. Pero aún así que él presenciara lo que le tocó en la mañana, me causó una vergüenza tal, que aun no me repongo.
Cuando me pidió ver el contrato con ellos, le dije que lo tenía en mi escritorio. Me dijo que lo buscáramos porque le urgía. En el camino me iba molestando, diciéndome que estaba rebajando y que eso significaba que estaba enamorada. Ni siquiera tuve oportunidad de soltar una sonrisita, porque antes de llegar a mi puesto, presenciamos la barbaridad que allí estaba ocurriendo.
Yo me quedé muda y él ni se diga. Una hoja de papel blanco con letras rojas se posaba sobre la pared de mi escritorio con la nada enorgullecedora frase: “La zorra eres tú, por si no te has dado cuenta”.
No sé cuánto tiempo estuve parada frente a eso sin creer lo que veían mis ojos. Pero de repente reaccioné, lo arranqué, lo hice una bola y lo tiré al tinaco. Le busqué el contrato a mi jefe, se lo entregué y salí corriendo a llorar al baño. Estuve allí unos veinte minutos y cuando salí, estaba paradito, con el contrato todavía en la mano, esperando que saliera.
Me dijo que lo acompañara a su oficina y me interrogó al respecto. Le dije que mi sospecha, casi segura, era de la recepcionista, pero que no podía asegurar nada. Luego de decirme, que esas cosas pasan y que debía tranquilizarme, me prometió sancionar a la responsable si se podía comprobar quién fue.
Seguí trabajando intentando hacerme la idea de que nada había pasado. Pero al mediodía llegaría mi verdadero martirio de ese día. Salí sola a comer. Fabián no estaría toda la mañana. Además, no quería tener contacto con nadie de la oficina.
Llegué a un restaurante cercano de comida rápida. Pedí una hamburguesa doble para calmar mi decepción. Me senté sola en una esquina, no quería que nadie se me acercara. Pero cuando le daba la primera mordida a mi almuerzo algo dentro de mí se movió.
De forma fluida, la regla, que debía bajarme en tres días hizo su aparición inesperada. Sentí que me bajó abundante, más que la cantidad habitual. Vestida con un pantalón ajustado, de un color crema bastante notoria, era casi imposible que en ese momento ya no estuviera manchada.
El restaurante lleno y yo ya debía estar bañada en un charco de sangre. No quería ni mirar. Para colmo de males, el baño estaba en la esquina contraria a la mía, lo que significaba que debía atravesar por la mitad del restaurante para ir hasta allá.
Pude estar por unos quince minutos allí sentada. Lo único que se me ocurrió fue agarrarla bandeja, taparme atrás y salir corriendo. Al llegar al baño comprobé mi mayor miedo, mi pantalón tenía una extensa barra de sangre totalmente obvia. Me encerré en uno de los cubículos me quité el pantalón y el panty, casi rojo gracias al accidente.
Me asomé y como no vi a nadie, salí al lavamanos a intentar quitar la mancha con agua en el panty. Es decir, lo hice desnuda. No puede totalmente, hacerlo por lo incomodo de la situación, pero así mismo me lo puse. Luego procedí a hacer lo mismo con el pantalón. Esta vez al menos, tenía el la ropa interior puesta.
Al rato entró una muchacha, que al verme casi pega un grito del susto. Yo la miré con mi mejor cara y le dije: “Emergencia”. Ella busco en su cartera, sacó algo de la cartera y lo dejó sobre el lavamanos y salió tan despavorida como entró. Era un protector diario, que aunque no me sirvió de mucho, por lo abundante del fluido, controló mi nerviosismo.
Después de lavar mi pantalón estuve por al menos media hora parada bajo el secador de manos tratando de secar mi pantalón. Llamé a Fabián para que me auxiliara, pero demoró unos veinte minutos más. Otra de las buenas samaritanas que pasó me prestó un abrigo, que al menos me ayudó a salir del restaurante.
“Llévame a mi casa rápido por favor y no hablemos del tema”, le dije a Fabián cuando llegó. Él con su mejor intención intentó levantarme el animó haciendo chistes sobre lo que me acababa de pasar. Definitivamente no sabe tratar con mujeres, aunque debo reconocer que hizo que me riera de mi misma.
Pero mi risa paró cuando me enseño su muñeca. Tenía una pulsera igual a la que me había regalado. Me preguntó por la mía y le dije que se me había quedado en la casa. “Te dije que me recuerda a ti, por eso la llevaré conmigo siempre”. Eso fue una estacada directa a mi cabeza. Ojala que esa sea la última vez que lo pregunte.
Fabián me dejo en casa, con un besito en la mejilla. Al menos va avanzando. Le rogué que entendiera que no me sentía bien y que necesitaba estar sola un rato. Prometió llamar luego.
Fui enseguida a asearme. Cuando vi toda esa sangre no pude evitar llorar. Creo que es “síndrome menstrual”, que eleva mis hormonas al suicidio y hace que mis lágrimas broten fácilmente.
Me acostaré a dormir temprano. Si es que la palabra “zorra” me deja dormir.

lunes 6 de julio de 2009

Diario de una Cebollita: Día 11


Diario de una cebollita

Día 11

Pulsera



Por Dionisio Guerra



Si cierro los ojos todavía está el recuerdo fresco de su sonrisa. Cuando lo describo como un ángel no estoy exagerando. El colombianito acaba de sorprenderme en plena noche, emocionándome, como si hubiera bajado con alas del cielo.
Pero ahora tengo que echar para atrás. Digamos que fue un día sorpresivo. Ya iba en el bus, cuando Fabián me llamó para ver si pasaba por mí, así que quedamos en vernos en la oficina. Mi primer mensaje de texto del día fue uno de Rebeca anunciando: “La sorpresa ya te espera”. Me emocioné. Quería llegar rápido al trabajo para ver de qué se trataba.
Otra vez la chica de la recepción hizo una mueca cuando me vio. Pero no me importó, que se muera de envidia. Poco a poco, con cada paso, mi corazón duplicaba su aceleración. Mientras avanzaba los demás compañeros estuvieron atentos de mí. ¿Qué sería esa sorpresa que los tenía a todos atentos? Pasé por donde Rebeca y se fue conmigo. Ella quería ver mi cara.
Allí estaba. Frondoso. Divino. Real. Un ramo de rosas rojas tamaño moderado, pero hermoso. La verdad aunque mi primera reacción fue la de una chiquilla de quince años, después caí en cuenta de lo que podía provocar.
El caso es que uno de los jefes, por primera vez en la historia de esa oficina, estaba saliendo con una subalterna, y no sé en otras, pero en esta eso era un gran lio. El problema no es el hecho en sí, si no la reacción del resto del equipo. Aquí siempre ven un dinosaurio en una hormiga, así que tendría que andar con cuidado.
La tarjeta con las flores decía: “VEN A VERME”. Así que eso fue lo primero que hice. Iba en son de reclamarle, porque al final de cuentas, aunque me muriera de la alegría, había sido un hecho desacertado hacerlo público en el área de trabajo, pero no contaba con su astucia.
Tan pronto entré, me pidió que cerrara la puerta. Luego me rogó que por favor no dijera una palabra antes de que el acabara de hablar. Lo hice.
Me dijo que se sentía muy apenado por lo que había pasado en la mañana del otro día (seguro mi panty no lo entenderá), pero que en realidad se juntaron muchas cosas que lo obligaron a actuar así. La primera y más importante, según él, es su inexperiencia con las mujeres.
“Soy un hombre de 36 años, exitoso en mi profesión, pero con una tremenda mala suerte con las mujeres. Nunca he tenido una novia real. No sé cómo tratar a las mujeres”.
Dice que yo lo intimidé, pero que ojalá y todo hubiese pasado como debía pasar. El seguía hablando, mientras yo muda, pensaba si esto no era otra humillación más. Me dejé escucharlo. Cerré los ojos sin cerrarlos y abrí bien mis oídos. Mi olfato captó su perfume, mi talón de Aquiles, y de repente sus palabras comenzaron a sonar melodiosas. Tienes razón yo fui la arrimada y tu eres un indefenso virgen. Sigue hablando ven bésame. Perdón, estuve hablando dormida.
Ahora sí. Luego me dice: “tengo dos sorpresas para ti. Una buena y la otra mejor”. Le digo que me quiero conocer primero la mejor y me pone en la mano una pulserita de chaquira con un dibujo de la bandera. Creo que puse cara de “esperaba algo mejor”, pero el dijo que estaba seguro que me gustaría porque tan pronto la vio se acordó de mi. Entonces me dice: “de esto si no estoy seguro” y me da una bolsa con una caja adentro. La abrí y era un maravillosos, moderno y fashion celular, en rosado mi color favorito. Le di las gracias y le negué el regalo, a pesar de que estaba fascinada. No tuvo que decir mucho para convencerme. Me acerque a él, le agradecí con un abrazo y fue cuando me dijo “quiero ser alguien importante en tu vida, pero tienes que ayudarme”. Le dije que si, mientras me derretía sobre el aroma en su saco.
Más tarde viene Rebeca y me pregunta si vi lo que estaba en el baño. Como gran curiosa me fui directo allá a ver de qué se trataba. En el espejo habían escrito con lipstick rojo “ZORRA”. La verdad puedo pensar que alguien, como la recepcionista, pudo hacerlo por celos por lo de Fabián, pero no le di importancia.
Con mi nuevo celular en manos, Fabián me llevó a casa. Pero como quería saldo para probar mi nuevo celular me fui caminando a la tienda de Andrés a comprar una tarjeta de celular. Desde antes de entrar nos vimos y desde el vidrio ya me sonreía.
Le pedí la tarjeta para el teléfono, el contoneo que llevaba delataba mi nerviosismo, cuando abrí la cartera para pagar y que me topo con la bendita pulsera traída de Chiriquí. Le digo: “mira, para que te acuerdes de mí”. Pelo los ojos como un niño frente a Santa Claus, y casi que salta la vitrina para agradecerme.
Me fui a casa sin pensar en eso, tal vez más emocionada por mi nuevo teléfono. Pero como a las 10 de la noche recibí un mensaje de texto. Pensé que era Fabián así que corrí a asomarme. El mensaje decía: -Gracias. Es lo mejor que alguien ha hecho en Panamá por mi-. Enseguida lo llamé: Dijo que agarró mi número del recibo del celular. Me asusté, después me preguntó si podía ir a verme, le dije que quizás otro día, pero soltó la frase “Estoy afuera”.
Yo que ya estaba en piyama, corrí hacia la puerta. La entreabrí y asomé mi cabecita. Lo primero que me dice es: “qué bonito eso”, señalando a mi cabeza. Era el rollo que tenía en la galluza que no me lo había quitado. Lo tiré por donde pude y le seguí hablando.
Lo hice confesar. Dijo que la primera vez que fui a la tienda me siguió porque le encanto. No supe que pensar. Me asusté, pero al mismo tiempo me gustó. Le dije, es tarde, así que no podemos hablar mucho porque mis papás duermen.
Lo despedí. Me dijo que llamaba mañana. Ahora no sé qué pensar. Me siento alegre, pero intranquila. Trataré de dormir, mañana será otro día.

domingo 5 de julio de 2009

La magia de SOUR: "Hibi no neiro"

Otro gran video que no puedo dejar pasar sin referenciar. Se trata de la banda japonesa SOUR y la canción “Hibi no Neiro”. El video es un estupendo ejemplo de colaboración llevaba a su máxima expresión. Los que aparecen en el video son fanáticos de la banda que ganaron un concurso para salir, precisamente, allí.
La edición es simplemente mágica. Diez puntos para ellos.

sábado 4 de julio de 2009

Por abajo

Genial. Me encontré con este cortometraje llamo Surface, dirigido por el director Varathit Uthaisri, el cual utiliza una visión muy particular del mundo: Desde abajo.
Pueden ver más detalles del proceso creativo en su web oficial http://surfacefilm.com/


SURFACE : A film from underneath from tu on Vimeo.

jueves 2 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 10


Diario de una cebollita

Día 10

Mensaje de Texto
Por Dionisio Guerra

Dormí relajada. Creo que esa sonrisa al final del día, me hizo olvidar todos mis problemas.
Como me quedé sin plata, en la mañana mi papá me dio veinte dólares para que al menos llegara al trabajo, pero lo primero que hice fue pasar por la tienda de celulares. Mi intención era ser atendida otra vez por el precioso galán, pero otra vez el me vio primero y me sorprendió apareciéndose mágicamente a uno de mis costados.
“¡Volviste!”, me dijo. Yo sonreí. En realidad no tenía palabras. Él habló todo el tiempo. Me preguntó mi nombre, a qué me dedicaba, cuantos años tenía y finalmente que se me ofrecía.
“Quiero el celular que me enseñaste ayer, el de diez dólares”, le respondí yo.
Trajo una caja, sacó el equipo, lo probó, me enseñó que estaba en perfecto estado, lo volvió a empacar y lo puso en una bolsa. Todo lo hizo sin dejar de mirarme a los ojos. Estoy segura que Mr. Colombia estaba coqueteando conmigo.
Me despedí con mi teléfono de juguete en la mano, el solo volvió a sonreír iluminando mi día.
En la oficina la recepcionista me recibió con la noticia de que Fabián me había estado llamando y que dijo que le devolviera la llamada “urgente”. Pude notar la mueca de la “señorita” cuando me dio el mensaje.
Después de rescatar mi wallet, me dedique a leer los treinta y dos correos electrónicos de él. “¿Dónde estás?”, “¿Estás bien?”, “Contéstame una vez, por favor”, “¿Estás molesta?”.
Para ese momento regresaba a mi el Fabián que estuvo ausente de mis pensamientos. Lo llamé enseguida y le expliqué todo. “No te preocupes”- me dijo con mucha seguridad- “Mañana mismo resolvemos eso”. Según él, esa misma noche regresaba de Chiriquí.
Rebeca vino para actualizarse de todo, pero cuestionó mi ilusión por el vendedor de celulares. Puso en balanza al alto ejecutivo y socio de una firma importante contra un empleado, quizás ilegal, de una tiendita de celulares de un barrio cualquiera de la ciudad.
“Con todo y lo raro que es, yo me quedaría con Fabián”, dijo ella.
Probé mi nuevo teléfono. Para ser sencillo y barato era muy práctico y bonito. Pensé que era otra señal del destino y que así mismo era Andrés. Tal vez no sería un gran empresario, pero era justo lo que yo necesitaba.Le escribí a Fabián contándole de mi teléfono y me llamó enseguida. Me dijo que le alegraba mucho, pero que ya me tenía sorpresa, que no me encariñara.
Me imaginaba su sorpresa y no resistí las ganas de contárselo a Rebeca. –Creo que me alguien me compró un celular- escribí en el mensaje de texto. Al rato, que se apareció Rebeca le pregunté por el mensaje y me dice que nunca le llegó. Para asegurarme, porque así soy, revisé la lista de mensajes enviados y ¡Sorpresa! El mensaje nunca le llegó a ella, porque equivocadamente se le lo envié a Fabián.
Que vergüenza. Imagino las palabras que dijo cuando lo leyó, había sido nuevamente ridiculizada antes sus ojos. Intentando remediarlo le escribí -…y si es así, me pondría muy brava porque ya compré uno-.
No me respondió nada. Espero que nunca lo haga. Qué bochorno.Camino a casa decidí hacer una parada estratégica en la tienda de teléfonos celulares, con la excusa de recargar el saldo de mi celular. Otra vez el colombianito me recibió y con su gran sonrisa, otra vez caí a sus pies.
Me fui contenta a casa otra vez.