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domingo, 20 de septiembre de 2009

Facetas: Al ritmo de la red


POR DIONISIO GUERRA


Dos experimentos de creación e interpretación musical colectivas, realizados a partir de comunidades virtuales en Twitter y YouTube, demuestran que las transformaciones generadas por la era de la colaboración en línea apenas comienzan

La música es, casi siempre, un proceso colaborativo. Más allá del talento individual de un artista, una pieza rítmica aumenta su valor cuando está en manos de más de un individuo, pero lo multiplica cuando se trata de música clásica, por la calidad armoniosa y estética que ésta conserva.¿Quién creería entonces que este tipo de música, que conserva su calidad ancestral, tendría el poder de reinventarse? Pues, sucedió y a manos de las herramientas más modernas que existen.Twitter y YouTube, dos portales de tendencia web 2.0, que dan la oportunidad a sus usuarios de generar su propio contenido, hicieron literalmente historia, al permitir que se crearan dos manifestaciones artísticas partiendo de la colaboración y el talento de sus usuarios.Primero fue YouTube el que logró crear una orquesta sinfónica, que debutó en abril en el Carnegie Hall de Nueva York, con la participación de unos 96 músicos procedentes de 30 países, que tocaron bajo la dirección de Michael Tilson Thomas, ganador de un Grammy y director musical de la Orquesta Sinfónica de San Francisco.Los músicos atendieron a una convocatoria en el sitio, donde los usuarios debían votar por los más talentosos, y luego pasar por el escrutinio de un jurado. Una vez seleccionados, practicaron individualmente durante algunos meses, siguiendo las instrucciones que les enviaban por Internet.El grupo era heterogéneo. Artistas de 33 países tan distantes como Australia, Austria, Bulgaria, Brasil, Canadá, China, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Checa, Francia, Alemania, Hong Kong, Hungría, Israel, Italia, Japón, Lituania, Letonia, México, Holanda, Perú, Polonia, Portugal, Rumania, Rusia, Corea del Sur, España, Suecia, Taiwán, Ucrania, Gran Bretaña y Estados Unidos, se reunieron por primera vez el día del evento. “Esto es a la vez un concierto clásico, una cumbre, una reunión de scouts y un encuentro de citas rápidas”, logró decir a la AFP el director de la orquesta, luego de la presentación que incluyó obras de Bach, Mozart, Wagner, Lou Harrison, John Cage, Debussy, Tchaikovsky y la Sinfonía Internet Nº1 “Heroica” del compositor chino Tan Dun, creada especialmente para la ocasión.Más tarde tuvo su momento Twitter, con otra manifestación de arte clásico. Esta vez fue la Royal Opera House de Londres que representó, hace solo unas semanas, una ópera creada a través de la famosa red social.En este caso, la colectividad estuvo en el libreto de la obra, a través de un anuncio donde se alentaba a los usuarios a enviar un mensaje de hasta 140 caracteres que podría incorporarse al libreto de la obra.El libreto colectivo, que fue acompañado con la música de la compositora Helen Porter, hablaba sobre monjas, demonios y pájaros, fue creado por alrededor de 900 personas y consistía en siete actos que duraron alrededor de 20 minutos cada uno.“¡Cuando los cerdos vuelen, estos pájaros llorarán, y para siempre dejad la tortura para el diablo. Tráeme un cerdo!", reza una parte de la opera que puede leerse en http://twitter.com/youropera.El experimento, que surgió en Londres, tenía como objetivo demostrar que cualquier aficionado puede intervenir en el proceso creativo de una ópera. Como dato curioso, hay que resaltar que la escena del primer acto se pudo completar después de 40 tweets. Aunque el resultado final no fue del gusto de muchos usuarios que lo calificaron de “caos” por los rumbos extraños que tomó la historia, el experimento constituyó un claro ejemplo de las múltiples posibilidades de creación que abre la colaboración en línea.
El enlace del artículo AQUÍ

domingo, 9 de agosto de 2009

Los genios detrás de las fotos de la cebollita

Hace rato me había propuesto dar los créditos a los excelentes fotos que utilicé para ilustrar las Cebollitas. Fueron 20 excelente fotografías todas tomadas de Flickr, y solo utilicé las que sus autores habían dado permiso para usar y modificar, con con licencias de Creative Commons.
En agradecimiento a ellos, hoy quiero reconocer el trabajo de estos fotógrafos invitándolos a todos ustedes a visitar sus perfiles de fotos.
A ellos, parte importante de este grandioso experimento, mi más sincero agradecimiento.
Sigan iluminando el mundo con su talento.

Día 1, Rimblas


Día 2, Rageforts


Día 3, DavidDMuir

Día 4, Vivido


Día 5, Darwin Bell


Día 6, 427



Día 7,
NotMarkAgain



Día 8, AdobeMac
Día 9, VisualPanic Día 10, J.C. Rojas
Día 11, Old Sarge

Día 12, Thenss
Día 13, iLoveButter

Día 14, Muffet

Día 17, Darwin Bell

Día 18, Psyberartist


Día 19, Sarahxic

Día 20, VisualPanic

jueves, 6 de agosto de 2009

Diario de una cebollita: Día 20


Diario de una cebollita

Día 20

Corazón

Por Dionisio Guerra



Estoy roja. La vergüenza ha pintado todo mi cuerpo con su color favorito. Esta mañana me levanté siendo la mujer de siempre pero ahora la termino siendo yo, pero diferente. Creo que finalmente me he convertido en una mujer real que tal vez seguirá llorando todas las noches, pero que ha entendido que pase lo que pase la vida tiene un bonito final para mí.
Llegó la hora en que yo dejaré de preocuparme y tratar de ser más feliz.
Desde que me levanté en la mañana, lo hice en la actitud de la más grande perdedora del mundo. Tenía la cara hinchada de llorar. Después de bañarme me hice una cola de caballo en el pelo, agarré mi ropa sucia y me puse a lavar. Barrí mi cuarto, acomodé las cosas que estaban mal puestas, limpié la cocina y ya para el mediodía estaba nuevamente sentada en la cama, tratando de imaginar diecisiete formas de matarme.
De repente algo comenzó a facilitarme el trabajo. Un punzante dolor en el pecho me fue reduciendo a una frágil y desahuciada niña a punto de morir. El dolor era en medio de mis senos justo sobre el corazón, al menos eso decía yo, y después de media hora ya estaba yo revolcándome sobre la cama controlada totalmente por lo que me acaecía.
Afortunadamente en medio del dolor, sin tener yo fuerzas para llamarla, mi mamá entró a mi cuarto y me encontró en ese deplorable estado. A lo lejos le escuché decirle a mi papá: “Viejo vístete, tenemos que llevar a la niña al hospital, está muy grave”.
Según yo, Fabián había roto mi corazón, literalmente. Yo sería ahora otra niña de Guatemala “esa que se murió de amor”. En mi familia hay un historial de hipertensos y problemas cardiacos que hicieron que mis papás también pensaran que lo peor.
En el camino le dije a mi papá que no me llevara a urgencias del Seguro, que se acordara que del trabajo teníamos atención en uno de los mejores hospitales privados. Después de eso no recuerdo nada del trayecto, tal vez por la debilidad perdí el sentido.
Solo recuerdo cuando llegamos al hospital que unos paramédicos me levantaron y me pusieron en una camilla. Yo totalmente doblada por mi dolor me sentía como una sentenciada a muerte.
Y sucedió que mientras iba entrando en la camilla, desde una silla de rueda, alguien toco mi mano y me llamó por mi nombre. Giré mi cabeza despacio, mientras mi mente intentaba decodificar esa voz. Era Fabián.
Por un momento creo que el dolor desapareció. Fabián sí que estaba para una urgencia. Su cara estaba toda moreteada y golpeada. Tenía sutura sobre la ceja y una pierna enyesada. Creo que era su mamá la que empujaba la silla y al lado estaba quien creo era su papá y un medico.
Casi se levanta de la silla al verme. Tal vez lo hubiese hecho si su mamá no se lo impide. Le expliqué lo que tenía, se volteó y le dijo a su mamá que no podían irse, ella le insistió que por su estado debían regresar a casa y eso, pero él le dijo “Yo me quedo”.
Me dijo que no me preocupara que su hermano es médico y que él se quedaría conmigo para que no me pasara nada malo.
La camilla entró me pasaron a una cama. El doctor que me atendió, en realidad más guapo que Fabián, me dijo que era su hermano. Me preguntó que me sentía y me dijo que me iba a hacer unos exámenes. Mientras me inyectaría algo para el dolor, pero que no me preocupara que estaba en el lugar indicado para que nada peor pasara.
Me sentí aliviada. Me dejaron en una camilla con venoclisis. Al rato entró Fabián, y me contó de lo suyo. Justo saliendo de la oficina un diablo rojo le pegó detrás y su carro patinó, se fue a una cuneta y dio tres vueltas. Afortunadamente solo tiene una pierna rota y algunos raspones en su cara.
-Solo pensaba en ti, pero no sabía cómo llamarte. No sé donde quedó mi teléfono-me dijo tiernamente mientras me acariciaba la mano.
Estuvimos conversando por alrededor de una hora, hasta que llegaron los resultados de los exámenes. Su hermano primero lo llamó aparte. Yo escuché una carcajada, no sé de cuál de los dos fue. Después vino Fabián donde mi.
-Dice mi hermano que tranquila, que no te vas a morir, que lo que tienes es solo un problema de gases, que debes alimentarte mejor- después de eso soltó una risa tan especial, que me dije a mi misma que quería escucharla el resto de mi vida.
Cuando salimos sus papás y los míos estaban esperando. Él me jaló hasta donde los suyos y me presentó como “esta es la muchacha de la que les he hablado, la que me tiene loco”. Yo miré a mis papás y estaban tan maravillados como él.
Cuando salimos del hospital él me pidió un minuto.
-Me dio mucho miedo la idea de perderte-me dijo
-Verte así también me asustó mucho-le contesté mientras le acariciaba las heridas de la cara
-Eres muy especial, concédeme el placer de estar contigo por el resto de mi vida
Yo me quede pasmada, en realidad no había entendido sus palabras. ¿Me habría querido preguntar si quería ser su novia o me estaba pidiendo matrimonio? Su carita esperaba una respuesta. Yo no sabía que tenía que responderle. Entonces me apresuré a responder mis propias preguntas.
-Si quiero ser tu novia y también quiero estar contigo toda la vida.
Después de eso nos despedimos con un doloroso beso en la boca. Nuestros papás se encargaron de llevarnos a nuestras casas, como cuando éramos niños. No podremos vernos en unos días, pero ya hemos hablado unas catorce veces por teléfono.
Por primera vez me siento totalmente feliz en mi vida. Creo que llegó la hora de cerrar este diario por un tiempo, y dedicarme a vivir la vida, como venga, y aprender que las lagrimas siempre nos ayudan a descubrirnos.
FIN

martes, 4 de agosto de 2009

¿El ataque de los clones?

Misteriosamente el 2 y 3 de agosto, distintos “Dionisios Guerra” se han dado a la tarea de aparecer en los medios de comunicación. Lo más extraño de todo es que solo los he visto en el Panamá América. Los dos son diferentes y tienen cargos públicos.
A ellos solo les digo, que más les vale se porten bien, estaré vigilando de que dejen mi nombre en alto.








lunes, 3 de agosto de 2009

Diario de una cebollita: Día 19


Diario de una cebollita

Día 19

¿Qué quieren los hombres?

Por Dionisio Guerra

Tengo una pregunta directa para Dios ¿Por qué yo? No me puedo pasar la vida en esta intermitencia de emociones, que un día va a terminar por matarme. ¿Qué significa tanto sufrimiento en mi vida?
Que me digan loca, pero yo no tengo la culpa. Al principio puede que sí, que me porté como una idiota, pero ahora no entiendo lo que está pasando. Yo no hice nada. Lo único que hice fue portarme bien.
No puedo evitar no llorar mientras escribo esto. Me he pasado la vida de lágrima en lágrima, con dos o tres altas y millones de bajas, y todavía es difícil encontrar la felicidad. ¿Qué tengo que hacer para ser feliz? ¿Qué?
A las siete en punto llegó Fabián a buscarme y yo todavía estaba maquillándome. Le dije a mamá que le avisara que en diez minutos estaba lista. Los vi conversar todo el rato mientras yo me terminaba de arreglar. Sé que mi madre iba a aprovechar para sacar información, pero eso no me preocupa. Por primera vez quería que ella preguntara, porque no iba a encontrar nada malo.
Me puse mis jeans favoritos, esos que me hacen ver las nalgas arriba y la cintura pequeña, una blusa con un escote llamativo y un saco para darle algo de formalidad. Había pasado ya una hora domando mi cabello y me veía espectacular.
Cuando salí, mi mami estaba con una sonrisa de oreja a oreja y el riendo como un niño. Casi se me salen las lágrimas, hace mucho que deseaba presenciar una escena como esa. Era mi sueño haciéndose realidad.
Nos despedimos de mamá, nos montamos al carro y nos fuimos. En el camino el no hacía más que hablarme del maravilloso día que tuvimos ayer.
-Mi abuela me preguntó si nos vamos a casar- comentó con un tono bastante pícaro. –pero yo le dije que no dependía de mi.
Cuando dijo eso mi corazón palpitaba a mil. Pero no dije ninguna palabra. Me sentía como una adolecente.
Me agarró la mano y se la deslizó en la mejilla. Le dio un beso. Me miró y me dijo: “tu eres muy especial para mí”.
Yo seguía muda. Para cuando llegamos a la oficina prácticamente iba en una nube. El señor perfecto de verdad que me tenía enamorada.
Nos pasamos la mañana enviándonos emails románticos, que poco a poco fueron tornándose picantes. A eso de las once de la mañana me mando “—Si estuvieras aquí, ya estaríamos…--“. No resistí, sentí que eso era una invitación, así que me paré y me fui a su oficina. Cerré la puerta, le extendí la mano y lo paré de su silla. Cuando estuvo frente a mí, lo rodeé con mis brazos me acerqué a su oreja y le susurré “me tienes loca”. Entonces nos envolvimos en un apasionado beso, que revivió todas mis esperanzas.
Hubiésemos estado por horas besándonos, si no es porque mi propio jefe entró repentinamente y nos encontró en el acto. El pobre quiso ignorar lo que había visto comentando “qué bueno que los encuentro juntos, quería felicitarlos por el contrato con los taiwaneses, prácticamente es como lo queríamos, felicidades”.
Yo aproveché para escabullirme y volver a mi puesto, con una gran sonrisa en mi mente. Estaba realmente feliz por lo que había pasado.
A eso de las tres de la tarde, vino Fabián y me dijo que se tenía que ir a una reunión con un banco, pero que quería que fuéramos a cenar en la noche. Por supuesto que le dije que sí. Quedó de pasar a las siete por mi casa.
Eran las seis y media y ya yo estaba lista. Me puse un vestido blanco, tipo coctel, que solo había usado en el año nuevo. Creo que me arreglé demasiado, porque hasta mi papá me preguntó que quién se casaba.
Esperé hasta las ocho y como no había llegado lo llamé a su celular. La primera vez me salió el buzón de voz, así que pensé que era un error. La segunda y la tercera vez me confirmaron que en realidad estaba apagado.
Debí llamar otras noventa y siete veces y nada. Falta un cuarto para las doce y todavía no me ha llamado. Voy a apagar mi celular. No quiero saber nada. Lo único que quiero es llorar hasta quitarme la rabia que tengo encima. :’(

jueves, 16 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 14




Diario de una cebollita

Día 14

Domingo


Por Dionisio Guerra

¿Quién en el mundo, después de hacer algo como lo que hice, quiere seguir viviendo? Hoy me levanté temprano, pero no hice ningún intento por salir de mi cuarto. Tampoco me moví de la cama. Estuve despierta mirando al techo, recordando lo que pasó y estrujándome el momento en que decidí hacer las cosas de esa forma.
Permanecí así por más de ocho horas. Llorando en silencio, volviéndome loca. Otra vez comenzaba a sentirme sola. Otra vez sentía que no valía nada para el mundo. Sigo pensando que perdí una excelente oportunidad.
A eso de las cinco de la tarde mi mamá vino a tocarme la puerta. La ignoré por varios minutos. Me gritó que me vistiera que íbamos a ir donde mi tía a una reunión familiar. “NO”, le grité desde mi cama, sin moverme.
-Es que ya viene Aldo a buscarnos…y trae a su novia- dijo ella, sabiendo que a eso no podría negarme.
Aldo es mi primo favorito. Compartimos juntos desde que éramos niños, y es casi como mi hermano. Nunca he podido decirle no a algo que él diga. Por eso mi mamá sabía que diciéndome eso lograría sacarme de la muerte en la que estaba sumida.
Me bañé. Me puse un jeans holgado, un suéter ancho, me recogí el pelo con un gancho. No me maquillé ni me puse perfume. Desempolvé mis zapatillas de ejercicios y me puse mis medias rosadas favoritas.
Mi primo pitó desde afuera. Su novia venía en el puesto del copiloto, pero ni siquiera reparé en ella. Mis papás y yo nos sentamos atrás. Aldo hablaba y hablaba con mi mamá, mientras yo indiferente solo miraba por la ventana.
Un “hola” entusiasta me devolvió a la vida. Era la novia de Aldo saludándome. Mientras ella me miraba sonriente, yo intentaba descifrar su alegría. “¿No te acuerdas de mí?, en el Yate, con Fabián. Tu llevaste el dulcecito”.
Mis papás voltearon a mirarme. Yo solo asentí con la cabeza y voltié la mirada a la calle. Efectivamente, fue ella la que dijo despectivamente que yo era una “simple secretaría”. Afortunadamente mis tíos viven cerca, porque no tenía ganas de dar explicaciones.
Cuando llegamos ella no paraba de hacerme preguntas sobre Fabián. Decía que era la primera vez que lo veía enamorado, que muchas del grupo, incluso ella, estuvieron detrás de él, pero que a nadie le hizo caso. Yo quería agarrarla y cerrar le la boca con clavos, pero ni siquiera tenía las fuerzas ni la moral para hacerlo.
Lo peor vino después. Mientras estuvimos en la cena, ella no paraba de hablar y de pronto no sé porqué ni con qué motivos comenzó a contar ante toda mi familia, cómo me conoció. La historia de cuando esta idiota llegó al Yate con un dulce miserable a tratar de impresionar a un exitoso empresario, consiguiendo su total atención.
Yo me moría de la vergüenza. Ni siquiera la eterna discusión de mi papá con mis tíos sobre Hugo Chávez hizo que la familia se olvidara de lo que se dijo en la mesa sobre mí.
Salí al patio a tomar aire. En realidad iba con intenciones de reventar mi llanto, pero detrás de mí se fue la mujer esa a seguir hablándome de Fabián. “No dejes que se escape, es un gran hombre”.
Nos llevaron a casa a eso de las once de la noche. En el carro ya nadie comentó nada. Todos entendían por lo que estaba pasando.
En mi cuarto, mi cama estaba esperándome, todavía bañada en lagrimas. Me sentí hundida en una terrible culpabilidad. No he dejado de llorar desde entonces.

jueves, 9 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 12





Diario de una cebollita

Día 12

Sangre
Por Dionisio Guerra

Hay un momento en la vida de toda mujer que pasa por lo que me tocó pasar a mí hoy. Yo siempre dije que estaría preparada, con la protección en mi cartera lista para usar cuando sucediera. Pero me agarró desprevenida. Todavía estoy llorando la experiencia.
Hoy no ha sido un día normal. No sé ni cómo definirlo. Anoche, después que despedí a Andrés de la casa y de buscar infructuosamente mi “rollo”, decidí que eso no podía pasar de tonta al confiar en un tipo que actuó de esa forma casi delictiva.
Aunque el colombianito me encanta, decidí que me iré con cuidado y lo mantendré lo más al margen que pueda. Eso no significará que deje de verlo, aunque por ejemplo hoy decidí no pasar por la tienda a recargar la cuenta de mi teléfono (aunque me moría de ganas).
En el trabajo no fue el mejor día. Llegando, me topé a mi jefe en la recepción, y me pidió que le actualizara sobre unos clientes que tenemos en la Zona Libre. Mi jefe es un hombre mayor, pero bonachón y me tiene mucho cariño. Realmente tenemos una buena química dentro del respeto. Pero aún así que él presenciara lo que le tocó en la mañana, me causó una vergüenza tal, que aun no me repongo.
Cuando me pidió ver el contrato con ellos, le dije que lo tenía en mi escritorio. Me dijo que lo buscáramos porque le urgía. En el camino me iba molestando, diciéndome que estaba rebajando y que eso significaba que estaba enamorada. Ni siquiera tuve oportunidad de soltar una sonrisita, porque antes de llegar a mi puesto, presenciamos la barbaridad que allí estaba ocurriendo.
Yo me quedé muda y él ni se diga. Una hoja de papel blanco con letras rojas se posaba sobre la pared de mi escritorio con la nada enorgullecedora frase: “La zorra eres tú, por si no te has dado cuenta”.
No sé cuánto tiempo estuve parada frente a eso sin creer lo que veían mis ojos. Pero de repente reaccioné, lo arranqué, lo hice una bola y lo tiré al tinaco. Le busqué el contrato a mi jefe, se lo entregué y salí corriendo a llorar al baño. Estuve allí unos veinte minutos y cuando salí, estaba paradito, con el contrato todavía en la mano, esperando que saliera.
Me dijo que lo acompañara a su oficina y me interrogó al respecto. Le dije que mi sospecha, casi segura, era de la recepcionista, pero que no podía asegurar nada. Luego de decirme, que esas cosas pasan y que debía tranquilizarme, me prometió sancionar a la responsable si se podía comprobar quién fue.
Seguí trabajando intentando hacerme la idea de que nada había pasado. Pero al mediodía llegaría mi verdadero martirio de ese día. Salí sola a comer. Fabián no estaría toda la mañana. Además, no quería tener contacto con nadie de la oficina.
Llegué a un restaurante cercano de comida rápida. Pedí una hamburguesa doble para calmar mi decepción. Me senté sola en una esquina, no quería que nadie se me acercara. Pero cuando le daba la primera mordida a mi almuerzo algo dentro de mí se movió.
De forma fluida, la regla, que debía bajarme en tres días hizo su aparición inesperada. Sentí que me bajó abundante, más que la cantidad habitual. Vestida con un pantalón ajustado, de un color crema bastante notoria, era casi imposible que en ese momento ya no estuviera manchada.
El restaurante lleno y yo ya debía estar bañada en un charco de sangre. No quería ni mirar. Para colmo de males, el baño estaba en la esquina contraria a la mía, lo que significaba que debía atravesar por la mitad del restaurante para ir hasta allá.
Pude estar por unos quince minutos allí sentada. Lo único que se me ocurrió fue agarrarla bandeja, taparme atrás y salir corriendo. Al llegar al baño comprobé mi mayor miedo, mi pantalón tenía una extensa barra de sangre totalmente obvia. Me encerré en uno de los cubículos me quité el pantalón y el panty, casi rojo gracias al accidente.
Me asomé y como no vi a nadie, salí al lavamanos a intentar quitar la mancha con agua en el panty. Es decir, lo hice desnuda. No puede totalmente, hacerlo por lo incomodo de la situación, pero así mismo me lo puse. Luego procedí a hacer lo mismo con el pantalón. Esta vez al menos, tenía el la ropa interior puesta.
Al rato entró una muchacha, que al verme casi pega un grito del susto. Yo la miré con mi mejor cara y le dije: “Emergencia”. Ella busco en su cartera, sacó algo de la cartera y lo dejó sobre el lavamanos y salió tan despavorida como entró. Era un protector diario, que aunque no me sirvió de mucho, por lo abundante del fluido, controló mi nerviosismo.
Después de lavar mi pantalón estuve por al menos media hora parada bajo el secador de manos tratando de secar mi pantalón. Llamé a Fabián para que me auxiliara, pero demoró unos veinte minutos más. Otra de las buenas samaritanas que pasó me prestó un abrigo, que al menos me ayudó a salir del restaurante.
“Llévame a mi casa rápido por favor y no hablemos del tema”, le dije a Fabián cuando llegó. Él con su mejor intención intentó levantarme el animó haciendo chistes sobre lo que me acababa de pasar. Definitivamente no sabe tratar con mujeres, aunque debo reconocer que hizo que me riera de mi misma.
Pero mi risa paró cuando me enseño su muñeca. Tenía una pulsera igual a la que me había regalado. Me preguntó por la mía y le dije que se me había quedado en la casa. “Te dije que me recuerda a ti, por eso la llevaré conmigo siempre”. Eso fue una estacada directa a mi cabeza. Ojala que esa sea la última vez que lo pregunte.
Fabián me dejo en casa, con un besito en la mejilla. Al menos va avanzando. Le rogué que entendiera que no me sentía bien y que necesitaba estar sola un rato. Prometió llamar luego.
Fui enseguida a asearme. Cuando vi toda esa sangre no pude evitar llorar. Creo que es “síndrome menstrual”, que eleva mis hormonas al suicidio y hace que mis lágrimas broten fácilmente.
Me acostaré a dormir temprano. Si es que la palabra “zorra” me deja dormir.

lunes, 6 de julio de 2009

Diario de una Cebollita: Día 11


Diario de una cebollita

Día 11

Pulsera



Por Dionisio Guerra



Si cierro los ojos todavía está el recuerdo fresco de su sonrisa. Cuando lo describo como un ángel no estoy exagerando. El colombianito acaba de sorprenderme en plena noche, emocionándome, como si hubiera bajado con alas del cielo.
Pero ahora tengo que echar para atrás. Digamos que fue un día sorpresivo. Ya iba en el bus, cuando Fabián me llamó para ver si pasaba por mí, así que quedamos en vernos en la oficina. Mi primer mensaje de texto del día fue uno de Rebeca anunciando: “La sorpresa ya te espera”. Me emocioné. Quería llegar rápido al trabajo para ver de qué se trataba.
Otra vez la chica de la recepción hizo una mueca cuando me vio. Pero no me importó, que se muera de envidia. Poco a poco, con cada paso, mi corazón duplicaba su aceleración. Mientras avanzaba los demás compañeros estuvieron atentos de mí. ¿Qué sería esa sorpresa que los tenía a todos atentos? Pasé por donde Rebeca y se fue conmigo. Ella quería ver mi cara.
Allí estaba. Frondoso. Divino. Real. Un ramo de rosas rojas tamaño moderado, pero hermoso. La verdad aunque mi primera reacción fue la de una chiquilla de quince años, después caí en cuenta de lo que podía provocar.
El caso es que uno de los jefes, por primera vez en la historia de esa oficina, estaba saliendo con una subalterna, y no sé en otras, pero en esta eso era un gran lio. El problema no es el hecho en sí, si no la reacción del resto del equipo. Aquí siempre ven un dinosaurio en una hormiga, así que tendría que andar con cuidado.
La tarjeta con las flores decía: “VEN A VERME”. Así que eso fue lo primero que hice. Iba en son de reclamarle, porque al final de cuentas, aunque me muriera de la alegría, había sido un hecho desacertado hacerlo público en el área de trabajo, pero no contaba con su astucia.
Tan pronto entré, me pidió que cerrara la puerta. Luego me rogó que por favor no dijera una palabra antes de que el acabara de hablar. Lo hice.
Me dijo que se sentía muy apenado por lo que había pasado en la mañana del otro día (seguro mi panty no lo entenderá), pero que en realidad se juntaron muchas cosas que lo obligaron a actuar así. La primera y más importante, según él, es su inexperiencia con las mujeres.
“Soy un hombre de 36 años, exitoso en mi profesión, pero con una tremenda mala suerte con las mujeres. Nunca he tenido una novia real. No sé cómo tratar a las mujeres”.
Dice que yo lo intimidé, pero que ojalá y todo hubiese pasado como debía pasar. El seguía hablando, mientras yo muda, pensaba si esto no era otra humillación más. Me dejé escucharlo. Cerré los ojos sin cerrarlos y abrí bien mis oídos. Mi olfato captó su perfume, mi talón de Aquiles, y de repente sus palabras comenzaron a sonar melodiosas. Tienes razón yo fui la arrimada y tu eres un indefenso virgen. Sigue hablando ven bésame. Perdón, estuve hablando dormida.
Ahora sí. Luego me dice: “tengo dos sorpresas para ti. Una buena y la otra mejor”. Le digo que me quiero conocer primero la mejor y me pone en la mano una pulserita de chaquira con un dibujo de la bandera. Creo que puse cara de “esperaba algo mejor”, pero el dijo que estaba seguro que me gustaría porque tan pronto la vio se acordó de mi. Entonces me dice: “de esto si no estoy seguro” y me da una bolsa con una caja adentro. La abrí y era un maravillosos, moderno y fashion celular, en rosado mi color favorito. Le di las gracias y le negué el regalo, a pesar de que estaba fascinada. No tuvo que decir mucho para convencerme. Me acerque a él, le agradecí con un abrazo y fue cuando me dijo “quiero ser alguien importante en tu vida, pero tienes que ayudarme”. Le dije que si, mientras me derretía sobre el aroma en su saco.
Más tarde viene Rebeca y me pregunta si vi lo que estaba en el baño. Como gran curiosa me fui directo allá a ver de qué se trataba. En el espejo habían escrito con lipstick rojo “ZORRA”. La verdad puedo pensar que alguien, como la recepcionista, pudo hacerlo por celos por lo de Fabián, pero no le di importancia.
Con mi nuevo celular en manos, Fabián me llevó a casa. Pero como quería saldo para probar mi nuevo celular me fui caminando a la tienda de Andrés a comprar una tarjeta de celular. Desde antes de entrar nos vimos y desde el vidrio ya me sonreía.
Le pedí la tarjeta para el teléfono, el contoneo que llevaba delataba mi nerviosismo, cuando abrí la cartera para pagar y que me topo con la bendita pulsera traída de Chiriquí. Le digo: “mira, para que te acuerdes de mí”. Pelo los ojos como un niño frente a Santa Claus, y casi que salta la vitrina para agradecerme.
Me fui a casa sin pensar en eso, tal vez más emocionada por mi nuevo teléfono. Pero como a las 10 de la noche recibí un mensaje de texto. Pensé que era Fabián así que corrí a asomarme. El mensaje decía: -Gracias. Es lo mejor que alguien ha hecho en Panamá por mi-. Enseguida lo llamé: Dijo que agarró mi número del recibo del celular. Me asusté, después me preguntó si podía ir a verme, le dije que quizás otro día, pero soltó la frase “Estoy afuera”.
Yo que ya estaba en piyama, corrí hacia la puerta. La entreabrí y asomé mi cabecita. Lo primero que me dice es: “qué bonito eso”, señalando a mi cabeza. Era el rollo que tenía en la galluza que no me lo había quitado. Lo tiré por donde pude y le seguí hablando.
Lo hice confesar. Dijo que la primera vez que fui a la tienda me siguió porque le encanto. No supe que pensar. Me asusté, pero al mismo tiempo me gustó. Le dije, es tarde, así que no podemos hablar mucho porque mis papás duermen.
Lo despedí. Me dijo que llamaba mañana. Ahora no sé qué pensar. Me siento alegre, pero intranquila. Trataré de dormir, mañana será otro día.

jueves, 2 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 10


Diario de una cebollita

Día 10

Mensaje de Texto
Por Dionisio Guerra

Dormí relajada. Creo que esa sonrisa al final del día, me hizo olvidar todos mis problemas.
Como me quedé sin plata, en la mañana mi papá me dio veinte dólares para que al menos llegara al trabajo, pero lo primero que hice fue pasar por la tienda de celulares. Mi intención era ser atendida otra vez por el precioso galán, pero otra vez el me vio primero y me sorprendió apareciéndose mágicamente a uno de mis costados.
“¡Volviste!”, me dijo. Yo sonreí. En realidad no tenía palabras. Él habló todo el tiempo. Me preguntó mi nombre, a qué me dedicaba, cuantos años tenía y finalmente que se me ofrecía.
“Quiero el celular que me enseñaste ayer, el de diez dólares”, le respondí yo.
Trajo una caja, sacó el equipo, lo probó, me enseñó que estaba en perfecto estado, lo volvió a empacar y lo puso en una bolsa. Todo lo hizo sin dejar de mirarme a los ojos. Estoy segura que Mr. Colombia estaba coqueteando conmigo.
Me despedí con mi teléfono de juguete en la mano, el solo volvió a sonreír iluminando mi día.
En la oficina la recepcionista me recibió con la noticia de que Fabián me había estado llamando y que dijo que le devolviera la llamada “urgente”. Pude notar la mueca de la “señorita” cuando me dio el mensaje.
Después de rescatar mi wallet, me dedique a leer los treinta y dos correos electrónicos de él. “¿Dónde estás?”, “¿Estás bien?”, “Contéstame una vez, por favor”, “¿Estás molesta?”.
Para ese momento regresaba a mi el Fabián que estuvo ausente de mis pensamientos. Lo llamé enseguida y le expliqué todo. “No te preocupes”- me dijo con mucha seguridad- “Mañana mismo resolvemos eso”. Según él, esa misma noche regresaba de Chiriquí.
Rebeca vino para actualizarse de todo, pero cuestionó mi ilusión por el vendedor de celulares. Puso en balanza al alto ejecutivo y socio de una firma importante contra un empleado, quizás ilegal, de una tiendita de celulares de un barrio cualquiera de la ciudad.
“Con todo y lo raro que es, yo me quedaría con Fabián”, dijo ella.
Probé mi nuevo teléfono. Para ser sencillo y barato era muy práctico y bonito. Pensé que era otra señal del destino y que así mismo era Andrés. Tal vez no sería un gran empresario, pero era justo lo que yo necesitaba.Le escribí a Fabián contándole de mi teléfono y me llamó enseguida. Me dijo que le alegraba mucho, pero que ya me tenía sorpresa, que no me encariñara.
Me imaginaba su sorpresa y no resistí las ganas de contárselo a Rebeca. –Creo que me alguien me compró un celular- escribí en el mensaje de texto. Al rato, que se apareció Rebeca le pregunté por el mensaje y me dice que nunca le llegó. Para asegurarme, porque así soy, revisé la lista de mensajes enviados y ¡Sorpresa! El mensaje nunca le llegó a ella, porque equivocadamente se le lo envié a Fabián.
Que vergüenza. Imagino las palabras que dijo cuando lo leyó, había sido nuevamente ridiculizada antes sus ojos. Intentando remediarlo le escribí -…y si es así, me pondría muy brava porque ya compré uno-.
No me respondió nada. Espero que nunca lo haga. Qué bochorno.Camino a casa decidí hacer una parada estratégica en la tienda de teléfonos celulares, con la excusa de recargar el saldo de mi celular. Otra vez el colombianito me recibió y con su gran sonrisa, otra vez caí a sus pies.
Me fui contenta a casa otra vez.

lunes, 29 de junio de 2009

Diario de una Cebollita: Día 9


Diario de una cebollita

Día 9

Celular

Por Dionisio Guerra


Otro día extraño. No sabía de qué forma iba a llegar al trabajo. Sentía que todos se habían enterado que anduve con mis atributos al aire el día anterior. Fabián me mandó un correo electrónico diciendo que estaría por unos días más en Chiriquí. Creo que fue lo mejor que pudo pasar. No estoy preparada para enfrentarlo, para verlo a la cara. Debe estar burlándose de mí cada vez que se acuerda.

Pasé toda la mañana pensando en mi actitud barata del día anterior. Ahora con ropa interior eso era relevante. En realidad creo que tenía esperanzas de encontrar al fin un buen partido, pero veo que esa ilusión se aleja cada vez más de mi vida.

Esas reflexiones matutinas me dejaron down el resto del día. Me puse a pensar todo tipo de cosas. En realidad a esta altura de mi vida creo que no he logrado muchas cosas. Soy una mujer joven con un título universitario, con grandes capacidades, pero subvalorada. Fabián tenía razón cuando dijo que hago todo el trabajo.

Al parecer este día no podía pasar con cero desdichas. Después de una reunión se me olvidó quitarle el estado de vibración al teléfono y poco después del almuerzo, con una probabilidad que calculo en una en tres millones y medio, en una llamada de la cual nunca me enteraré, el celular vibró y vibró hasta deslizase entre unas carpetas y zurrarse hasta mi taza hirviente de café.No sé cuánto tiempo pasó, pero a mí me avisó del evento el burbujeo dentro de la taza. Me estresé. Saqué como pude el teléfono chorreando en café y lo llevé al baño. Allí lo envolví todo lo que pude en papel higiénico. Le quité la batería y el chip, y traté de secarlo lo más que pude.Contemplar mi teléfono en plena agonía me puso muy triste. Poco me faltó para hacerle RCP.

Al ver mi celular allí, desarmado, indefenso y sin vida me eché a llorar por mi desgracia. En el fondo sabía que no lloraba por el teléfono. Era como el conjunto de todo lo que se me acumuló en estos días. Subidas y bajadas. Ilusiones y desaires. Todo tan seguido.

Mientras me deshacía en lágrimas entró Rebeca y al verme en ese estado se alarmó. Después ella me confesó que pensó que se había muerto un familiar muy cercano para mí. Me abrazó y lloré en su hombro. Eso me dio fuerzas y descargué unos cinco minutos más de llanto sobre su consuelo.

Cuando vio sobre el lavamanos mi celular en pedazos cayó en cuenta. Después de separarme de sí, me agarró por los hombros, me miró a la cara y me dijo: “espero que no sea eso por lo que estés llorando”.

Obviamente le dije que no. La realidad era esa. Y como si lo necesitara comencé a contarle todo lo que me había pasado en los últimos días, desde el bus hasta el panty. No sé cómo pude sobrevivir a esto sin una amiga que escuchara mis penurias.

Recibí de ella varios consejos. El principal fue que tomara las cosas con calma y que le diera tiempo al tiempo. Pero sobre Fabián me dijo: “dice la recepcionista que es gay”. Estoy segura que la estúpida esa se le debe haber insinuado y como él no le hizo caso, ahora quiere dañar su reputación.

Rebeca me acompañó toda la tarde, asegurándose que estuviera bien. Incluso me dijo que me daría el “bote”, más cerca de mi casa. Me sentía motivada por las palabras de aquella compañera que ahora se estaba convirtiendo en mi amiga.

Decidí tomar las cosas con calma. Le agradecí a Rebeca darme su apoyo y bajé de su auto. Estaba a una media hora de casa, así que me tocaba esperar un taxi. Paré dos y ninguno quiso llevarme, aun así yo me sentía positiva.

El sonido de una campanilla aumento mi entusiasmo. El señor de las paletas se acercaba, así que decidí relajarme más con una deliciosa paleta de guineo, de las que eran mi obsesión de niña.

Saludé al señor. Me dio la paleta. La abrí. Disfruté cada rincón de su refrescante estructura e incluso me atreví a pedirle una segunda de coco. El señor me dijo: “Reina, son ochenta centavos por las dos”.
Yo, todavía con el entusiasmo alto, abrí la cartera en busca de mi wallet, pero no la encontré. Ya había devorado media paleta, así que procedí a realizar una segunda búsqueda. Nada. Al parecer con el enredo de mi teléfono la debí haber sacado y dejado sobre mi escritorio.

Sin remedio, el señor me regaló la de guineo. La de coco la tuve que devolver. Sin dinero, sin teléfono y con vergüenza, casi me echo al suelo en un berrinche. No tenía otra opción tuve que empezar a caminar hacia la casa.

En tacones y con un bolso pesado, pero sin un centavo, lo único que agradecí fue llevar ropa interior ese día.

Pude caminar por hora y media. Estaba exhausta y hambrienta. Fue entonces que, como a tres calles de mi casa hice el descubrimiento. Una tienda de celulares que acaba de inaugurar. Entré para mentalizarme sobre mi nueva inversión. Por un momento me sentí como una extraterrestre. Todos los modelos llevaban como veinte años de ventaja sobre el mío.

Me cautivaron varios modelos. Intenté preguntarle a una de las muchachas que atendía, que por su acento pude adivinar que era colombiana, pero fui ignorada al menos en cinco ocasiones. Estaba yo todavía tratando de llamar su atención cuando, no supe cómo ni en qué momento, a mi lado se paró un ángel. Era un muchacho de unos treinta años con los ojos miel, sin imperfecciones y bien arreglado, que me miraba fijamente. Yo con el aspecto de un orate, sudada, despeinada y con el maquillaje corrido, solo alcancé a sonreírle. El devolvió el gesto con una sonrisa que terminó de enamorarme.

Fuera de órbita, pareciendo una tonta, solo me atreví a comentarle: “estos colombianos”. Casi me muero de la vergüenza cuando con un marcado acento paisa me dice: “Te puedo ayudar en algo”.

La cara de vergüenza se me debió notar a kilómetros de allí. Por poco y salí corriendo del lugar inmediatamente, pero esa sonrisa tenía mis pies pegados al suelo.

Él sin duda, se percató de todo lo que hice. Yo solo me atreví a decirle: “necesito algo bonito y barato”. Después de comentar que esa era su especialidad, me presentó un equipo de $9.99. Le dije que regresaría y me dio su tarjeta por si me decidía (como si no estuviera decidida).

Se llama Andrés.

Me fui ilusionada de allí. Creo que mañana volveré.

jueves, 25 de junio de 2009

Diario de una cebollita: Día 8




Diario de una cebollita

Día 8

Panty


Por Dionisio Guerra

Terrible. La verdad me da mucha pena escribir lo que pasó hoy. Fue una de las experiencias más extrañas de mi vida y en verdad, que espero nunca vuelva a repetirse. Creo que todo me pasa por calenturienta, pero juro que ya aprendí.

Comenzaré por el principio. Como Fabián quedó de pasar por mí para llevarme al trabajo a las siete y media de la mañana, me levanté dos horas antes para estar hermosa para cuando llegara. Me medí ocho mudas de ropa. Pantalón, falda, camisa, blusa. De todos los tamaños, de todas las formas, de todos los estampados. Al final me decidí por una falda a la rodilla con vuelo, que dejaba ver mis lindas piernas y una blusa roja con un escote que hacía más llamativo mi busto.

La verdad quería impresionarlo. A pesar de que es un hombre atractivo, y exitoso como profesional, al parecer le falta mucho que aprender de las mujeres. En estos días que hemos estado juntos ni siquiera me ha acariciado la mano, ni siquiera me ha dado un besito en el cachete. Todo es muy formal y respetuoso.

Yo entiendo que esas cosas sucedan en el ambiente laboral, pero nosotros ya pasamos esa línea. En Taboga me moría por abrazarlo, pero a veces una mujer debe guardar cierta compostura en los lugares públicos. Sin embargo, hoy me levanté con ganas de hacer lo contrario: de seducirlo.

Vino puntual. Otra vez me saludo dándome la mano, como a un hombre. Tan pronto subí al auto, sentí aquel perfume enloquecedor. Él casi ni hablaba, pero yo lo noté algo nervioso. Eso decía que mi atuendo estaba cumpliendo su cometido.

Comencé a agradeciéndole el día de ayer, pero creo que el perfume me fue emocionando y me atreví a ponerle una mano en su pierna. Quedó mudo. La quité estratégicamente, pero un minuto más tarde la volví a poner. Era tan divertido descontrolarlo.

El tranque que empezaba a formarse fuera estaba a mi favor. Para entonces ya el perfume había despertado una tigresa dentro de mí. Le agarré la mano. Tosió. Jugué con sus dedos mientras le preguntaba cosas del trabajo. Me agarró la mano. La apretó fuerte por alrededor de un minuto. Yo cerré los ojos y disfruté el momento.

Todo esto ocurría sin que nadie dijera una palabra. Le agarré la mano y le di un beso. Él no se atrevía ni a mirarme. Era como un adolescente. Me apretó la mano. La apretó fuerte e hizo lo mismo. Todo esto sin mirarme.

“Me gustas mucho Fabián”, le dije. Pero no reaccionó. Estaba petrificado. Luego no sé si lo pensé en voz alta pero le sugerí ir a un lugar más privado antes de llegar a la oficina. Faltaba todavía una hora para entrar.

No estoy segura si me escuchó, pero después de un par de desvíos entramos a un lugar de no tan buena reputación, pero el ideal para hacer lo que estaba en mi mente.

Tan pronto detuvo el carro. Lo besé. El pasmado siguió mi juego. Me bajé, le quité el cinturón de seguridad y continué besándolo. Él se bajó a pagar. Cuando nos abrieron seguí besándole. Pero ahora con cada beso intercalaba el despojo de una de las prendas que vestía. Primero la blusa. Besos. Fuera la falda. Caricias en la espalda. Fuera el brasier. Una mordida y allá va el panty.

Cuando estaba a punto de tirarme a la cama, suena su Blackberry. Me lo enseñó, me dijo que era el presidente de la firma, y se encerró en el baño a conversar. Al salir sin mirarme me dijo:”vístete que nos tenemos que ir, te espero afuera”.

Yo comencé a recoger mi ropa del piso, apenada y refunfuñando. ‘¿qué clase de hombre es este?’ me preguntaba, sin saber cuál sería mi verdadera agonía ese día. Recogí la falda, el brasier, la blusa y hasta las sandalias, pero no encontré el panty. Los busqué por todos lados, pero en mi apasionada entrada quién sabe dónde quedó.

Puedo jurarlo, rebusque ese cuarto tres veces y nada. Mi panty había desaparecido. A los cinco minutos de búsqueda volvió a entrar y decirme: “Nos tenemos que ir ya. Voy a arrancar el carro”. Me vestí con lo que tenía y me monté al carro sin ropa interior.

No hablamos hasta que llegamos a la oficina. Fabián me dijo que se iba a Chiriquí, que me llamaba luego. Yo llegué me senté y no me paré hasta las seis de la tarde, la hora de salida. Pedí almuerzo a domicilio. Ni siquiera fui al baño.

Un fresquito indescriptible recorrió mi cuerpo todo el día. Rogué que no me llegara el frío porque literalmente podía congelarme. El temor fue latente todo el día. Nervio mezclado con el fresco. Era mi secreto. Con cada persona que pasó a mi lado lanzaba una oración deseando que no se diera cuenta.

Sentía la cara caliente. Lo más probable es que tuviera las orejas rojas. Me pasaba las manos a cada rato por la cara. Cada movimiento en la silla lo hice con la mayor delicadeza del mundo. Cruzar las piernas, ni pensarlo. Fue un riesgo que no me tomé. Además así también evité el frío.

Pagué un taxi de diez dólares hasta mi casa. No quería hablar con nadie. Mi mamá me recibió con una sonrisa, pero yo ni siquiera pude mirarle a la cara. Me metí al baño. Me quité la ropa. Abrí la regadera y me metí bajo el chorro de agua. Me puse a llorar, casi tan fuerte como la corriente que caía sobre mí.

La verdad ni siquiera estaba segura del porqué de mi llanto. No estoy segura si era por haberme quedado sin panty todo un día, por el desplante que me hizo Fabián o por quedar ante él como una loca caliente.

No creo que pueda dormir esta noche ni tampoco dejar de llorar :’(

lunes, 22 de junio de 2009

Diario de una cebollita: Día 7


Diario de una cebollita

Día 7

Cake

Por Dionisio Guerra

El día de hoy fue hermoso. Todavía no entiendo qué está pasando en mi vida, pero no voy a pensar en eso ahora. Quiero disfrutar todo lo que ahora me está haciendo feliz.

Este domingo comenzó temprano. En realidad muy temprano. A eso de las cinco de la mañana, un sueño perturbador me despertó. No recuerdo exactamente, pero tenía a Cristian y a su amiga, tirándome por la borda de un barco mientras Fabián trataba de impedírselo.

Después de eso no pude dormir. Estuve como una hora pensando en lo que pasó el día anterior y en cómo escuché a Fabián. Iban a ser las seis cuando me decidí. Me bañé, me vestí, metí un poco de ropa en una mochila y salí dispuesta a cambiar mi destino.

Mi papá que ya estaba despierto se ofreció a llevarme. Le dije que me iba a la playa con unas amigas. Le pedí que me dejara en el supermercado que está abierto las 24 horas, que allí nos veríamos. En realidad lo que quería era comprarle un dulce de cumpleaños a Fabián para sorprenderlo.

Casi me pongo a llorar. Solo quedaba un esquelético cake redondo blanco de ocho dólares con un pequeño corazón mal dibujado en el borde. Después de media hora de meditarlo cara a torta, lo decidí. No era lo que quería, pero de alguna forma expresaba lo que yo quería decir: 'aquí estoy, no soy perfecta, mi corazón está así porque he sufrido mucho, pero es muy dulce por dentro'.

Me fui convencida. Esa era exactamente la impresión que le quería dar. Después de pelear con tres taxis, conseguí que uno me llevara a Amador. Mi alegría se desvaneció cuando me bajé del auto, ante mis ojos partía el barco que iba a Taboga. Casi me tiro al mar desesperada tras él.

Era el primer viaje de las ocho. Afortunadamente a las diez salía otro y yo era la primera en la fila para abordarlo. Las horas se me hicieron largas con la ansiedad, pero puntualmente a las diez ya estábamos zarpando.

A las once y cuarto, ya estaba sobre la isla. Mi inquietud era descubrir cual yate era el que estaba Fabián. Había decenas de ellos y en todos había ambiente de fiesta. Aún estaba yo fijándome parada en una esquina con la enorme mochila, la cajeta del dulce, mi short, mis sandalias y mis lentes oscuros, cuando sentí que alguien me tomaba del brazo. Solté un grito, lo único que faltaba era que un delincuente se aprovechara de mí.

Mi vergüenza fue enorme. Era el mismo Fabián que al verme desorientada decidió rescatarme. El había ido a tierra firme por hielo y sus amigos seguían la pachanga en el barco. Le di el dulce. Fue un momento para grabarlo. Parecía un niño, sus ojos brillaban. Tartamudeando me agradeció el gesto.

Llegué de su brazo a la embarcación. Me presentó a cada uno de los que estaba allí. Eran once o doce, casi todos en pareja. Les dijo que yo era una compañera de trabajo, y les advirtió que me atendería como una reina. Pude ver caras de inconformidad con ese comentario.

Cuando entramos para dejar mis cosas, casi me desmayo. Había una mesa con comida de todo tipo, y en el medio un pastel “tipo boda”, de tres pisos. Mi minicake flácido de ocho dólares era una ofensa.
Me dijo que fuéramos a la parte frontal del yate. Llevó platos y cubiertos. Sacó el dulce y me dijo: “¿no me vas a cantar el feliz cumpleaños? Le canté, muy apenada. Aunque el sonreía todo el tiempo. De alguna forma muy hábil me tenía cautivada.

Nos comimos todo el dulce. El dijo que estaba delicioso, pero yo puedo jurar que sabía a jabón. Eso no importó, éramos él, yo y el mar.

Mientras estuvimos allí llegó una de las amigas y me preguntó '¿y tú que cliente ves en la firma?'. Yo le dije: “en realidad todos, porque soy la asistente del presidente”. Su boca se torció me miró sobre los hombros, y con intriga en sus palabras dejó salir: “Ah...eres una secretaría”.

Antes que yo dijera algo Fabián se adelantó a decirle: “En realidad ella es la que hace el trabajo fuerte. ¿No te acuerdas qué hacías tú cuando te conocimos?”. No quise indagar sobre aquello, él se comportó como un caballero y eso fue suficiente para mí.

Me dijo que saliéramos a la isla a caminar, advirtiéndome: “ellos son mis amigos porque crecimos juntos, pero a ninguno le intereso. Hicieron esta fiesta porque querían una excusa para la fiesta, pero de no ser el cumpleañero ni siquiera me hubiesen invitado”.

Estuvimos en la playa, paseamos por la ciudad, nos tomamos un raspao y compramos artesanías. Nos divertimos. A las tres volvimos a la ciudad. Él me llevó a la casa.

Se despidió de mí con un apretón de manos. Definitivamente, aunque es un hombre lindo, le falta mucho que aprender. Quedó de pasar por mi mañana para ir juntos a la oficina. Ya estoy esperando que llegue ese momento. Hoy si lo puedo decir. Estoy feliz.

jueves, 18 de junio de 2009

Diario de una cebollita: Día 6


Diario de una cebollita

Día 6

El EX

Por Dionisio Guerra

Estoy por creer que tengo un problema mental. Una incapacidad que no me permite razonar correctamente y que prácticamente me obliga a estar de error en error. Ayer decía que creo en las segundas oportunidades, pero ya estoy evaluando seriamente si esa afirmación seguirá siendo parte de mi vida.

Como buena niña en sábado, me levanté temprano a lavar ropa y ayudar con los quehaceres, pero en la tarde estaba lista para recordar una de las mejores épocas de mi vida con Cristian.

Nos encontramos a eso de las cinco de la tarde y fuimos a ver “Marley y yo”. La película sobre un cariñoso pero diabólico perro que me tuvo llorando descontroladamente media hora después que salimos del cine.

Cristian, que conoce ya mi sensibilidad, me llevó a tomar un poco de aire para que se me pasara. Me tomó de la mano, me abrazó, me acarició la mejilla, me besó. Era como si hubiera regresado de ese largo viaje en que me dejó hace tres años, cuando nos separamos. Me sentí protegida y segura en sus brazos.

Después de recibir una llamada, me dijo: “vamos a ir a cenar con mis amigos”. En realidad no eran sus amigos, era su mejor amiga, a la cual detesto y ella me detesta. Primero me predispuse a tener que sopórtala, pero después pensé que debía evaluar esta nueva oportunidad de estar juntos desde todos sus ángulos, así que me dije “voy a intentar caerle bien esta vez”.

Llegamos y ella ya estaba sentada con su novio. Yo los saludé como si nada, pero si noté la mueca que ella hizo cuando me vio. Mientras ordenamos ella le comenzó a hablar a Cristian sobre quién sabe quién de la universidad, del hijo de su tía y luego del carro que le estaban vendiendo, cosas que solo ellos dos entendían.

Él fue acaparado totalmente por ella, mientras yo no veía cómo incorporarme en la conversación y dejar de ser únicamente el ficus. Comencé primero con afirmaciones (¡Sí!), luego a hacer símiles (yo conozco a alguien que también lo hizo) y también di mi opinión (Yo creo que...), pero nada de eso sirvió. Incluso he llegado a pensar que se pusieron de acuerdo para tratarme así.

Mientras comíamos ella empezó a hablar de una tal Sonia, con la que al parecer Cristian estuvo saliendo.

Mejor que la dejaste. Yo me hubiera replanteado nuestra amistad, si seguías con ella. Era una corriente”. Todo eso lo dijo mirándome y con un marcado énfasis en sus palabras. Yo no le hice caso, hasta que mencionó. “Ni se te ocurra traerla de vuelta un día, y menos a cenar”.

Eso fue personal. Me levanté de la mesa hacia la salida enfurecida. Esperaba que Cristian corriera tras de mí a detenerme, a decirme que no me fuera, que todo era un mal entendido, y que ese era el último día que la veía, pero eso no sucedió. Solamente se limitó a llamarme por teléfono preguntándome “¿Qué te pasó?”.

Agarré el taxi a casa, casi mordiéndome la lengua. Una mujer no debe parecer indefensa ante un taxista. En casa nadie me esperaba, mis papás habían salido a cenar a casa de unos amigos. Aproveché para llorar a llanto suelto, como cuando era niña, hasta quedarme sin lagrimas y sin voz.

Tirada en el piso me juré no volver a creer nunca más en la palabra de un hombre. Pero reflexionando en mi cama me di cuenta de lo estúpida que fui al rechazar a Fabián, por querer revivir lo que tuve con quien pensé era mi alma gemela. Como eran más del las doce agarré el teléfono para felicitarlo por su cumpleaños. Lo que pude oírle, en medio de la fiesta que tenían allá, fue que estaba aburrido, que se sentía solo.

Siento que tuve una excelente oportunidad al frente, pero la dejé pasar. No puedo evitar seguir llorando. :'(

lunes, 15 de junio de 2009

Diario de una cebollita: Día 5



Diario de una cebollita

Día 5

Humedal

Por Dionisio Guerra

En la mañana, lo primero que hice fue ir a otro salón de belleza a que me emparejaran la tragedia que traía encima. La verdad, hizo un milagro. Me quedó muy cortito, pero no se ve atroz, además según me dijo el peluquero, así mi pechonalidad resaltaba más. Me vi en el espejo y me pareció, así que esta vez salí con la frente en alta.

De regreso a la oficina iba pensando en lo fácil que cambia mi percepción de la gente. Al principio de esta semana rogaba que se diera la oportunidad de llevarle una taza de café a Fabián para echarle veneno de ratas dentro, pero ahora, finalizando la semana, tengo una ganas intensas de verlo.

Nos encontramos en el estacionamiento y me preguntó si quería almorzar con él. Le dije que sí, sin dudarlo. Mientras subíamos en el ascensor otra vez sentí el perfume, el de la locura, y me contagié. Rogaba por que llegara el medio día. Me dijo que vendrían a verlo unos clientes, que después hablábamos.

Me la pase feliz toda la mañana. Las otras me miraban raro y ya no me importaba si era por mi pelo. Pasé varias veces por café a la cocina soñando encontrármelo. Pero nada de eso sucedió.

Iban a ser las once de la mañana, cuando escuchamos un ruido extraño. Como una explosión. Parecía como su una corriente de aire hubiese entrado estrepitosamente. Como cesó, no le dimos importancia, hasta unos quince minutos después cuando la oficina se empezó a inundar.

Al parecer en el piso de arriba la presión hizo que las tuberías colapsaran, y el agua comenzó a filtrase de un piso a otro. Intentamos recoger las cosas, pero el Administrador ordenó que nos retiráramos a casa.

Como teníamos el resto del día a las muchachas se les ocurrió irnos de compra. Le pregunté a la recepcionista por Fabián y me dijo que lo vio salir con los clientes con los que estaba reunido y no dijo a qué hora volvería.

Me sentí decepcionada. ¿Se le habría olvidado la invitación?

Pasamos toda la tarde haciendo “window shopping” y por una de esas casualidades de la vida, mientras estaba en la sección de ropa interior de un almacén, se me apareció Cristian, mi exnovio favorito. Me dio un beso que dejó envidiosas a todas mis compañeras de trabajo, me tomó de la mano y me llevó fuera. Conversamos por largo rato.

Desde que terminamos, hace tres años, no nos volvimos a llamar ni coincidimos más. Ahora parecía otra persona. Amable, cordial, cariñoso, como en los primeros días de nuestra relación. Casi que me vuelvo a enamorar. A ese hombre yo lo amé con todas mis fuerzas, pero al final de nuestra relación se convirtió en un monstruo. Ahora me parecía estar viviendo un deja vu de aquellas épocas.

Me dijo que estaba de vacaciones, que me veía preciosa y que había dejado a la chola ridícula con la que se fue a vivir después que nuestra relación se acabó. “Vamos a salir”, me dijo, con su peculiar forma juguetona de convencerme. ¿Porqué debía decirle que no? Siempre he creído en las segundas oportunidades. Así que mañana vamos a ir al cine y después a cenar.

Me fui a la casa medio ilusionada. Creo que si fuéramos novios ahora seriamos más felices que cuando lo fuimos. Prácticamente éramos unos niños que no sabían nada de la vida.

Llegué a casa y me puse a ver fotos viejas de Cristian y cada vez me convencía más de que nuestra salida de mañana puede ser una nueva oportunidad. Leí sus cartas locas, sus poemas con faltas ortográficas y recordé sus llamadas en la madrugada hasta que nos quedábamos dormidos los dos en el teléfono.

Pero la burbuja de ilusión que me rodeaba fue interrumpida a eso de las nueve de la noche por el sonido de mi celular. Era Fabián, apenado, disculpándose y explicándome que los clientes extranjeros se lo llevaron a que les enseñara Panamá y no lo soltaron hasta ahora.

Lo primero que estoy haciendo es llamarte. Aún no me voy del hotel. Necesito que me disculpes”. Después sugirió algo que tuve que pedirle que repitiera para entenderlo. Según él cumple años el domingo y sus amigos han decidido organizarle una fiesta en un yate y quiere que lo acompañe. Salen mañana a las nueve de la noche y se quedan hasta el domingo en la tarde en la isla de Taboga.

Mi primera reacción fue decirle que sí, pero después me acordé que ya había quedado con Cristian para mañana. Así que por más que me encantara la idea tuve que negarme. “Es que ya había hecho planes con mi familia”, le dije.

No puedo negar que las últimas ocho horas han cambiado totalmente mi estado de ánimo. ¿Quién lo diría? Yo hoy soy asediada por varios galanes. A tal punto que tengo que escoger. La verdad espero haber hecho la mejor elección, mejor es malo conocido que bueno por conocer.

Mira tú, es la primera noche en días que no estoy llorando.