lunes, 6 de julio de 2009

Diario de una Cebollita: Día 11


Diario de una cebollita

Día 11

Pulsera



Por Dionisio Guerra



Si cierro los ojos todavía está el recuerdo fresco de su sonrisa. Cuando lo describo como un ángel no estoy exagerando. El colombianito acaba de sorprenderme en plena noche, emocionándome, como si hubiera bajado con alas del cielo.
Pero ahora tengo que echar para atrás. Digamos que fue un día sorpresivo. Ya iba en el bus, cuando Fabián me llamó para ver si pasaba por mí, así que quedamos en vernos en la oficina. Mi primer mensaje de texto del día fue uno de Rebeca anunciando: “La sorpresa ya te espera”. Me emocioné. Quería llegar rápido al trabajo para ver de qué se trataba.
Otra vez la chica de la recepción hizo una mueca cuando me vio. Pero no me importó, que se muera de envidia. Poco a poco, con cada paso, mi corazón duplicaba su aceleración. Mientras avanzaba los demás compañeros estuvieron atentos de mí. ¿Qué sería esa sorpresa que los tenía a todos atentos? Pasé por donde Rebeca y se fue conmigo. Ella quería ver mi cara.
Allí estaba. Frondoso. Divino. Real. Un ramo de rosas rojas tamaño moderado, pero hermoso. La verdad aunque mi primera reacción fue la de una chiquilla de quince años, después caí en cuenta de lo que podía provocar.
El caso es que uno de los jefes, por primera vez en la historia de esa oficina, estaba saliendo con una subalterna, y no sé en otras, pero en esta eso era un gran lio. El problema no es el hecho en sí, si no la reacción del resto del equipo. Aquí siempre ven un dinosaurio en una hormiga, así que tendría que andar con cuidado.
La tarjeta con las flores decía: “VEN A VERME”. Así que eso fue lo primero que hice. Iba en son de reclamarle, porque al final de cuentas, aunque me muriera de la alegría, había sido un hecho desacertado hacerlo público en el área de trabajo, pero no contaba con su astucia.
Tan pronto entré, me pidió que cerrara la puerta. Luego me rogó que por favor no dijera una palabra antes de que el acabara de hablar. Lo hice.
Me dijo que se sentía muy apenado por lo que había pasado en la mañana del otro día (seguro mi panty no lo entenderá), pero que en realidad se juntaron muchas cosas que lo obligaron a actuar así. La primera y más importante, según él, es su inexperiencia con las mujeres.
“Soy un hombre de 36 años, exitoso en mi profesión, pero con una tremenda mala suerte con las mujeres. Nunca he tenido una novia real. No sé cómo tratar a las mujeres”.
Dice que yo lo intimidé, pero que ojalá y todo hubiese pasado como debía pasar. El seguía hablando, mientras yo muda, pensaba si esto no era otra humillación más. Me dejé escucharlo. Cerré los ojos sin cerrarlos y abrí bien mis oídos. Mi olfato captó su perfume, mi talón de Aquiles, y de repente sus palabras comenzaron a sonar melodiosas. Tienes razón yo fui la arrimada y tu eres un indefenso virgen. Sigue hablando ven bésame. Perdón, estuve hablando dormida.
Ahora sí. Luego me dice: “tengo dos sorpresas para ti. Una buena y la otra mejor”. Le digo que me quiero conocer primero la mejor y me pone en la mano una pulserita de chaquira con un dibujo de la bandera. Creo que puse cara de “esperaba algo mejor”, pero el dijo que estaba seguro que me gustaría porque tan pronto la vio se acordó de mi. Entonces me dice: “de esto si no estoy seguro” y me da una bolsa con una caja adentro. La abrí y era un maravillosos, moderno y fashion celular, en rosado mi color favorito. Le di las gracias y le negué el regalo, a pesar de que estaba fascinada. No tuvo que decir mucho para convencerme. Me acerque a él, le agradecí con un abrazo y fue cuando me dijo “quiero ser alguien importante en tu vida, pero tienes que ayudarme”. Le dije que si, mientras me derretía sobre el aroma en su saco.
Más tarde viene Rebeca y me pregunta si vi lo que estaba en el baño. Como gran curiosa me fui directo allá a ver de qué se trataba. En el espejo habían escrito con lipstick rojo “ZORRA”. La verdad puedo pensar que alguien, como la recepcionista, pudo hacerlo por celos por lo de Fabián, pero no le di importancia.
Con mi nuevo celular en manos, Fabián me llevó a casa. Pero como quería saldo para probar mi nuevo celular me fui caminando a la tienda de Andrés a comprar una tarjeta de celular. Desde antes de entrar nos vimos y desde el vidrio ya me sonreía.
Le pedí la tarjeta para el teléfono, el contoneo que llevaba delataba mi nerviosismo, cuando abrí la cartera para pagar y que me topo con la bendita pulsera traída de Chiriquí. Le digo: “mira, para que te acuerdes de mí”. Pelo los ojos como un niño frente a Santa Claus, y casi que salta la vitrina para agradecerme.
Me fui a casa sin pensar en eso, tal vez más emocionada por mi nuevo teléfono. Pero como a las 10 de la noche recibí un mensaje de texto. Pensé que era Fabián así que corrí a asomarme. El mensaje decía: -Gracias. Es lo mejor que alguien ha hecho en Panamá por mi-. Enseguida lo llamé: Dijo que agarró mi número del recibo del celular. Me asusté, después me preguntó si podía ir a verme, le dije que quizás otro día, pero soltó la frase “Estoy afuera”.
Yo que ya estaba en piyama, corrí hacia la puerta. La entreabrí y asomé mi cabecita. Lo primero que me dice es: “qué bonito eso”, señalando a mi cabeza. Era el rollo que tenía en la galluza que no me lo había quitado. Lo tiré por donde pude y le seguí hablando.
Lo hice confesar. Dijo que la primera vez que fui a la tienda me siguió porque le encanto. No supe que pensar. Me asusté, pero al mismo tiempo me gustó. Le dije, es tarde, así que no podemos hablar mucho porque mis papás duermen.
Lo despedí. Me dijo que llamaba mañana. Ahora no sé qué pensar. Me siento alegre, pero intranquila. Trataré de dormir, mañana será otro día.

domingo, 5 de julio de 2009

La magia de SOUR: "Hibi no neiro"

Otro gran video que no puedo dejar pasar sin referenciar. Se trata de la banda japonesa SOUR y la canción “Hibi no Neiro”. El video es un estupendo ejemplo de colaboración llevaba a su máxima expresión. Los que aparecen en el video son fanáticos de la banda que ganaron un concurso para salir, precisamente, allí.
La edición es simplemente mágica. Diez puntos para ellos.

sábado, 4 de julio de 2009

Por abajo

Genial. Me encontré con este cortometraje llamo Surface, dirigido por el director Varathit Uthaisri, el cual utiliza una visión muy particular del mundo: Desde abajo.
Pueden ver más detalles del proceso creativo en su web oficial http://surfacefilm.com/


SURFACE : A film from underneath from tu on Vimeo.

jueves, 2 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 10


Diario de una cebollita

Día 10

Mensaje de Texto
Por Dionisio Guerra

Dormí relajada. Creo que esa sonrisa al final del día, me hizo olvidar todos mis problemas.
Como me quedé sin plata, en la mañana mi papá me dio veinte dólares para que al menos llegara al trabajo, pero lo primero que hice fue pasar por la tienda de celulares. Mi intención era ser atendida otra vez por el precioso galán, pero otra vez el me vio primero y me sorprendió apareciéndose mágicamente a uno de mis costados.
“¡Volviste!”, me dijo. Yo sonreí. En realidad no tenía palabras. Él habló todo el tiempo. Me preguntó mi nombre, a qué me dedicaba, cuantos años tenía y finalmente que se me ofrecía.
“Quiero el celular que me enseñaste ayer, el de diez dólares”, le respondí yo.
Trajo una caja, sacó el equipo, lo probó, me enseñó que estaba en perfecto estado, lo volvió a empacar y lo puso en una bolsa. Todo lo hizo sin dejar de mirarme a los ojos. Estoy segura que Mr. Colombia estaba coqueteando conmigo.
Me despedí con mi teléfono de juguete en la mano, el solo volvió a sonreír iluminando mi día.
En la oficina la recepcionista me recibió con la noticia de que Fabián me había estado llamando y que dijo que le devolviera la llamada “urgente”. Pude notar la mueca de la “señorita” cuando me dio el mensaje.
Después de rescatar mi wallet, me dedique a leer los treinta y dos correos electrónicos de él. “¿Dónde estás?”, “¿Estás bien?”, “Contéstame una vez, por favor”, “¿Estás molesta?”.
Para ese momento regresaba a mi el Fabián que estuvo ausente de mis pensamientos. Lo llamé enseguida y le expliqué todo. “No te preocupes”- me dijo con mucha seguridad- “Mañana mismo resolvemos eso”. Según él, esa misma noche regresaba de Chiriquí.
Rebeca vino para actualizarse de todo, pero cuestionó mi ilusión por el vendedor de celulares. Puso en balanza al alto ejecutivo y socio de una firma importante contra un empleado, quizás ilegal, de una tiendita de celulares de un barrio cualquiera de la ciudad.
“Con todo y lo raro que es, yo me quedaría con Fabián”, dijo ella.
Probé mi nuevo teléfono. Para ser sencillo y barato era muy práctico y bonito. Pensé que era otra señal del destino y que así mismo era Andrés. Tal vez no sería un gran empresario, pero era justo lo que yo necesitaba.Le escribí a Fabián contándole de mi teléfono y me llamó enseguida. Me dijo que le alegraba mucho, pero que ya me tenía sorpresa, que no me encariñara.
Me imaginaba su sorpresa y no resistí las ganas de contárselo a Rebeca. –Creo que me alguien me compró un celular- escribí en el mensaje de texto. Al rato, que se apareció Rebeca le pregunté por el mensaje y me dice que nunca le llegó. Para asegurarme, porque así soy, revisé la lista de mensajes enviados y ¡Sorpresa! El mensaje nunca le llegó a ella, porque equivocadamente se le lo envié a Fabián.
Que vergüenza. Imagino las palabras que dijo cuando lo leyó, había sido nuevamente ridiculizada antes sus ojos. Intentando remediarlo le escribí -…y si es así, me pondría muy brava porque ya compré uno-.
No me respondió nada. Espero que nunca lo haga. Qué bochorno.Camino a casa decidí hacer una parada estratégica en la tienda de teléfonos celulares, con la excusa de recargar el saldo de mi celular. Otra vez el colombianito me recibió y con su gran sonrisa, otra vez caí a sus pies.
Me fui contenta a casa otra vez.

lunes, 29 de junio de 2009

Diario de una Cebollita: Día 9


Diario de una cebollita

Día 9

Celular

Por Dionisio Guerra


Otro día extraño. No sabía de qué forma iba a llegar al trabajo. Sentía que todos se habían enterado que anduve con mis atributos al aire el día anterior. Fabián me mandó un correo electrónico diciendo que estaría por unos días más en Chiriquí. Creo que fue lo mejor que pudo pasar. No estoy preparada para enfrentarlo, para verlo a la cara. Debe estar burlándose de mí cada vez que se acuerda.

Pasé toda la mañana pensando en mi actitud barata del día anterior. Ahora con ropa interior eso era relevante. En realidad creo que tenía esperanzas de encontrar al fin un buen partido, pero veo que esa ilusión se aleja cada vez más de mi vida.

Esas reflexiones matutinas me dejaron down el resto del día. Me puse a pensar todo tipo de cosas. En realidad a esta altura de mi vida creo que no he logrado muchas cosas. Soy una mujer joven con un título universitario, con grandes capacidades, pero subvalorada. Fabián tenía razón cuando dijo que hago todo el trabajo.

Al parecer este día no podía pasar con cero desdichas. Después de una reunión se me olvidó quitarle el estado de vibración al teléfono y poco después del almuerzo, con una probabilidad que calculo en una en tres millones y medio, en una llamada de la cual nunca me enteraré, el celular vibró y vibró hasta deslizase entre unas carpetas y zurrarse hasta mi taza hirviente de café.No sé cuánto tiempo pasó, pero a mí me avisó del evento el burbujeo dentro de la taza. Me estresé. Saqué como pude el teléfono chorreando en café y lo llevé al baño. Allí lo envolví todo lo que pude en papel higiénico. Le quité la batería y el chip, y traté de secarlo lo más que pude.Contemplar mi teléfono en plena agonía me puso muy triste. Poco me faltó para hacerle RCP.

Al ver mi celular allí, desarmado, indefenso y sin vida me eché a llorar por mi desgracia. En el fondo sabía que no lloraba por el teléfono. Era como el conjunto de todo lo que se me acumuló en estos días. Subidas y bajadas. Ilusiones y desaires. Todo tan seguido.

Mientras me deshacía en lágrimas entró Rebeca y al verme en ese estado se alarmó. Después ella me confesó que pensó que se había muerto un familiar muy cercano para mí. Me abrazó y lloré en su hombro. Eso me dio fuerzas y descargué unos cinco minutos más de llanto sobre su consuelo.

Cuando vio sobre el lavamanos mi celular en pedazos cayó en cuenta. Después de separarme de sí, me agarró por los hombros, me miró a la cara y me dijo: “espero que no sea eso por lo que estés llorando”.

Obviamente le dije que no. La realidad era esa. Y como si lo necesitara comencé a contarle todo lo que me había pasado en los últimos días, desde el bus hasta el panty. No sé cómo pude sobrevivir a esto sin una amiga que escuchara mis penurias.

Recibí de ella varios consejos. El principal fue que tomara las cosas con calma y que le diera tiempo al tiempo. Pero sobre Fabián me dijo: “dice la recepcionista que es gay”. Estoy segura que la estúpida esa se le debe haber insinuado y como él no le hizo caso, ahora quiere dañar su reputación.

Rebeca me acompañó toda la tarde, asegurándose que estuviera bien. Incluso me dijo que me daría el “bote”, más cerca de mi casa. Me sentía motivada por las palabras de aquella compañera que ahora se estaba convirtiendo en mi amiga.

Decidí tomar las cosas con calma. Le agradecí a Rebeca darme su apoyo y bajé de su auto. Estaba a una media hora de casa, así que me tocaba esperar un taxi. Paré dos y ninguno quiso llevarme, aun así yo me sentía positiva.

El sonido de una campanilla aumento mi entusiasmo. El señor de las paletas se acercaba, así que decidí relajarme más con una deliciosa paleta de guineo, de las que eran mi obsesión de niña.

Saludé al señor. Me dio la paleta. La abrí. Disfruté cada rincón de su refrescante estructura e incluso me atreví a pedirle una segunda de coco. El señor me dijo: “Reina, son ochenta centavos por las dos”.
Yo, todavía con el entusiasmo alto, abrí la cartera en busca de mi wallet, pero no la encontré. Ya había devorado media paleta, así que procedí a realizar una segunda búsqueda. Nada. Al parecer con el enredo de mi teléfono la debí haber sacado y dejado sobre mi escritorio.

Sin remedio, el señor me regaló la de guineo. La de coco la tuve que devolver. Sin dinero, sin teléfono y con vergüenza, casi me echo al suelo en un berrinche. No tenía otra opción tuve que empezar a caminar hacia la casa.

En tacones y con un bolso pesado, pero sin un centavo, lo único que agradecí fue llevar ropa interior ese día.

Pude caminar por hora y media. Estaba exhausta y hambrienta. Fue entonces que, como a tres calles de mi casa hice el descubrimiento. Una tienda de celulares que acaba de inaugurar. Entré para mentalizarme sobre mi nueva inversión. Por un momento me sentí como una extraterrestre. Todos los modelos llevaban como veinte años de ventaja sobre el mío.

Me cautivaron varios modelos. Intenté preguntarle a una de las muchachas que atendía, que por su acento pude adivinar que era colombiana, pero fui ignorada al menos en cinco ocasiones. Estaba yo todavía tratando de llamar su atención cuando, no supe cómo ni en qué momento, a mi lado se paró un ángel. Era un muchacho de unos treinta años con los ojos miel, sin imperfecciones y bien arreglado, que me miraba fijamente. Yo con el aspecto de un orate, sudada, despeinada y con el maquillaje corrido, solo alcancé a sonreírle. El devolvió el gesto con una sonrisa que terminó de enamorarme.

Fuera de órbita, pareciendo una tonta, solo me atreví a comentarle: “estos colombianos”. Casi me muero de la vergüenza cuando con un marcado acento paisa me dice: “Te puedo ayudar en algo”.

La cara de vergüenza se me debió notar a kilómetros de allí. Por poco y salí corriendo del lugar inmediatamente, pero esa sonrisa tenía mis pies pegados al suelo.

Él sin duda, se percató de todo lo que hice. Yo solo me atreví a decirle: “necesito algo bonito y barato”. Después de comentar que esa era su especialidad, me presentó un equipo de $9.99. Le dije que regresaría y me dio su tarjeta por si me decidía (como si no estuviera decidida).

Se llama Andrés.

Me fui ilusionada de allí. Creo que mañana volveré.