jueves, 30 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 18


Diario de una cebollita

Día 18

Alcohol

Por Dionisio Guerra

Estoy emocionada por lo que pasó hoy. El día terminó de forma maravillosa, aunque el de ayer de una forma muy rara.
Cuando abrí la puerta, creo que mi vida cambió para siempre. El mundo hizo una espiral que recorrió en un segundo todos los rincones de mi vida y volvió nuevamente a aparecer en el segundo siguiente para hacerme ver lo afortunada que soy.
Efectivamente la reunión con los taiwaneses, había dejado a Fabián totalmente vulnerable, demostrándome que era un hombre dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de lograr sus metas profesionales.
Allí estaba yo, terminando de escribir como me sentía ayer cuando tocaron con fuerza tres veces a mi puerta. Tan. Tan. Tan. Después me llamaron por mi nombre y reconocí su voz. Caminé descalza hasta quedar a unos cinco centímetros de distancia. Ya lo sentía. Podía escuchar ese corazón latiendo la misma fuerza que el mío.
Entonces me decidí. Giré la perilla, halé la puerta y vi lo que quedaba de él. Fabián apenas tuvo fuerzas para mirarme y se vino abajo, literalmente. Ni el golpe despertó su equilibrio, fue difícil arrástralo a la cama. Pesa como por tres.
Le quité el saco con mucha dificultad. Luego la corbata y los zapatos. Le abrí la camisa y le quité la correa. Agarré una toalla la mojé en agua fría y se la pasé por la frente, por el cuello y por los brazos.
Cuando estuvo manejable le di de beber al menos tres vasos de agua. Recostó la cabeza a la cama. Se quedó pensando un largo rato y luego, cuando yo menos lo esperaba comenzó a llorar.
Nunca esperé verlo así. Lloraba como un niño, mientras vociferaba cosas que yo no entendía, pero que cobraron sentido cuando me dijo “Tengo que confesarte algo”.
Me puse fría. Se me subió algo caliente de la boca del estomago a la cabeza. Tragué en seco. Si me hubieran puesto a adivinar, nunca habría acertado a decir lo que me dijo. Uno no se espera esas cosas de alguien como él, un hombre maduro, inteligente, guapo y exitoso, pero así estaba pasando.
“Soy alcohólico”. En realidad sé que es un problema grave. Recuerdo como mi tía lucho toda la vida con su marido para quitarle eso, hasta que se enfermó y murió.
No supe ni de qué forma reaccionar, así que me quedé tranquilita sentada en una esquina de la cama escuchando como se desahogaba.
Me contó que estaba rehabilitado hace dos años, y que nunca debió aceptar una gota de licor, pero lo hizo por los clientes. Yo me enternecí con sus palabras. Me recosté a su lado y le tomé la mano. El seguía hablando, pidiéndome perdón a mí, a su mamá, a su papá, a sus compañeros de alcohólicos anónimos, y a toda su familia.
Nos dormimos allí los dos, hombro con hombro y las manos entrelazadas. Cuando me desperté estaba dormido como un niño. Miré el reloj y eran las once de la mañana. Me acordé que la reunión con los clientes debía continuar a las ocho. Así que jamaquié con todas mis fuerzas a Fabián. Cuando le dije para qué lo despertaba me dice, “no te preocupes, ya tengo el contrato firmando en el carro. Lo mío fue un ataque suicida”.
El se levantó y se fue a su habitación a bañarse. Yo me terminé de arreglar en la mía. Como a eso del mediodía nos fuimos. Me dijo, te tengo una sorpresa. Atravesamos varias calles de la ciudad de Colón y llegamos a una casa muy bonita, ya ni recuerdo en que calle. A recibirnos salió una viejecita, bastante arrugadita, que después me presentó como su abuela.
Yo le di la mano y ella me la jaló y me dio un abrazo. “Ya te quería conocer”, me dijo. Yo supongo que esa es otra buena señal. Las abuelitas nunca se equivocan.
Comimos con ella, una deliciosa sopa de mariscos. Mientras ella me echaba todos sus cuentos de niño, cuando se crió con ella, allí en Colón.
A eso de las tres nos regresamos a Panamá y a las cinco el ya estaba en la puerta de mi casa, despidiéndome con un saludo de mano. Me dijo que había sido un apoyo importante para no caer hasta lo más profundo de ese vicio y me agradeció con un beso en la mano los cuidados que tuve con él. Dijo que mañana pasaba a buscarme para llevarme al trabajo.
Tal vez todavía no he logrado nada, pero desde que se fue no quepo en mi pellejo. Ya quiero verlo.

lunes, 27 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 17


Diario de una cebollita

Día 17

Colón
Por Dionisio Guerra

Hoy estoy escribiendo desde una página diferente. Encontré papel y pluma y me puse a escribir un poco metida todavía en cierta felicidad que me embarga.
Mi mañana fue regular. Me levanté muy temprano, me vestí como una reina y me fui tranquila a esperar mi bus. Hacia la oficina, iba pensando mucho en todo lo que ha pasado estos últimos días. Me propuse no predisponerme a nada, dejar que el destino me sorprendiera.
Ahora que lo leo me doy cuenta que eso tal vez fue una señal que me estaba susurrando lo que pasaría hoy.
En la mañana estuvimos en una larga reunión que duró hasta un poco más del mediodía. Fabián se sentó justo al frente mío, pero durante todo el rato si acaso intercambiamos miradas unas dos veces.
Al salir me dijo que se iba a Colón a una reunión importante con unos socios asiáticos, que si quería acompañarlo.
-Ehh…debo preguntarle a mí…
-Ya sabe, es más, él me lo sugirió.
A eso de las dos de la tarde partimos. Según él a las siete de la noche estaríamos de vuelta en la ciudad. Fuimos conversando amenamente todo el trayecto como grandes amigos, como si nada hubiese pasado nunca entre nosotros, como si nos conociéramos de toda la vida.
No puedo negar que me sentí un tanto decepcionada. Esperaba que las cosas volvieran a arreglarse como hasta hace poco. Pero me conformaba con lo que estaba pasando.
Ya habíamos entrado a Colón cuando sentí el roce de su mano sobre mis dedos. No me atreví a mirarlo. Ni siquiera cuando me agarró la mano con fuerza. No dije nada, el mucho menos.
La costa atlántica nos recibió con los brazos abiertos. El cielo totalmente azul se reflejaba en la calle. Llegamos al hotel y enseguida fuimos al salón donde nos esperaban los taiwaneses.
Con su difícil español nos entretuvieron hasta las nueve, aunque la negociación debía seguir a las ocho de la mañana del día siguiente. Después de salir le murmuraron algo a Fabián y luego vino a comentármelo. “Quieren que nos tomemos unos tragos, pero sin mujeres”.
Enseguida me propuso dos opciones. La primera, que lo esperara en el hotel hasta que volviera y la segunda que nos quedáramos en el hotel hasta mañana para temprano seguir la negociación y ahorrarnos los cansones viajes de ida y vuelta.
La oferta era tentadora. Un hotel de lujo con todo pago. Lo primero que se me vino a la mente fue “Gracias a Dios, cargo un panty extra en la cartera”. Es que desde aquella vez que no quiero recordar, una delicada y fina prenda encontró domicilio fijo en mi bolso.
Le dije que nos quedáramos. Total, después de esa reunión estábamos ya lo suficientemente cansados. Ahora que él se iba a visitar los lugares más oscuros de Colón, con más razón.
Así que pedimos las habitaciones. Dos por supuesto, yo subí a la mía y él se fue con su llave. Dos horas después todavía estaba yo aquí pensando en cuándo volvería. Cuando se me ocurrió llamarlo, suena mi teléfono. Era él, sonaba raro, como tomado. Preguntó si estaba despierta que quería hablarme.
Yo le respondí que sí y me preguntó si podía visitarme, que su habitación estaba al lado de la mía. Eso fue hace como media hora y estoy aquí pensando en qué va a pasar. En si abrirle la puerta o atenderlo afuera. Tengo una gran confusión en mi cabeza.
Tocan la puerta, le voy a abrir…

jueves, 23 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 16


Diario de una cebollita

Día 16

Ladrona

por Dionisio Guerra


Aunque tengo una increíble mala suerte creo que debo empezar a ver las cosas buenas dentro de todo esto. Hoy fue uno de los peores días de mi vida, aunque si tengo que calificarlo por cómo terminó tendría que decir que fue de los mejores.
Esta mañana mi papá me dijo que se quedaría en casa, que no iría a trabajar, y que si quería me podía llevar el carro. Yo lo tomé como una señal del destino, de que las cosas podían comenzar a cambiar, porque mi papá nunca me presta su carro.
Antes de irme al trabajo decidí pasar donde Andrés. Necesitaba algunas explicaciones. El tonto me miraba como si nada desde afuera. Le dije si podíamos salir a hablar un rato y me siguió. Estaba tan meloso como siempre, pero esta vez yo, no tenía ni el mínimo detalle con él.
Cuando lo estuve al frente me sonrió. Pero ya no vi lo que vi antes, ya no encontré la sonrisa perfecta de ángel, incluso vi por primera vez que tenía un diente quebrado. Lo miré fijamente tratando de encontrar la mentira en su cara, pero él no paraba de pestañear.
Sentí también un repugnante perfume encendido en toda su camisa. ¿Cuándo pude fijarme en él? Me pregunté todo ese tiempo. Pero ahora era el momento de aclarar las cosas.
-¿Qué la trae por acá, preciosa?
-Buscando las respuestas de mi vida
-Quiero ser parte de su vida, déjeme
-¿Dónde está la pulsera que te regalé?
-La pulsera…ah, la perdí. Perdona, creo que alguien la tomó aquí en el trabajo, no la vi más.
En ese momento supe que no podía seguir perdiendo mi tiempo con un hombre que no era capaz de decirme la verdad. Me fui. Lo dejé allí parado, sonriendo. Pensando tal vez que seguía interesado en él, que volvería. Pero allí había muerto mi interés. No digo que no quiero verlo más, porque este país es tan chiquito que uno se reencuentra todos los días con la gente que menos quiere.
Me fui a la oficina un poco satisfecha de haberme quitado un peso de encima. Ya no me importó lo que él hubiera hecho, sabía que de todas formas ya no valía la pena.
Tan pronto llegué me fui a buscar a Fabián. Cuando le pregunté si tenía tiempo libre para hablar me dijo parcamente que almorzarnos. Yo me conformé. Algo me decía que dentro de toda esa indiferencia estaba todavía el hombre tierno que dejó todo para estar conmigo en Taboga.
-A las doce en el sushi, si puedes. Tengo una reunión, así que te veo allá.
Esperé impaciente cada minuto hasta el mediodía. No hablé con nadie. Cuando llegué al restaurante no había ningún estacionamiento libre. Esperé un rato a ver si quedaba uno libre. Igual él no había llegado.
Vi dos mujeres paradas frente al local. Pensé que seguro son de esas que cuando uno baja del carro quieren vender desodorante para el carro, y me dije q mi misma que las esquivaría cuando vinieran a hablarme.
Esperé unos diez minutos hasta que un cliente saliera. Tomé mi celular y salí del carro. Las mujeres intentaron acercarse, pero doble antes de que pudieran hablarme. No había ni dado diez pasos cuando recordé que había dejado la cartera en el asiento del pasajero. Me volteé para descubrir la puerta de mi carro abierta, sin la cartera.
“Las mujeres esas”, pensé. Pero ni rastro de ellas. Entré en pánico. No podía creerlo. Casi todos los que estaban en comiendo en el restaurante salieron a ver mi desgracia. Yo lloraba como una manguera, y gritaba “como una loca”, según comentó después el chef.
Al rato uno de los meseros regresó con la cédula y la licencia, las habían tirado en la calle, seguro porque no le servían de nada. Pero mis tarjetas, de crédito y de debito, mis anillos y mi maquillaje, se habían esfumado para siempre. Sobre todo mi maquillaje. Me tomó años reunir todo lo que llevada en ese bolso.
Estaba yo todavía llorando en el hombro de la japonesita dueña del restaurante cuando llegó Fabián y asustado se incorporó a la escena. Cada uno de los que estaba fue contándole un pedazo de la historia. Yo no podía hablar, porque el llanto se me atoraba en la garganta.
Me consoló. Me abrazó fuerte y me agarró la cabeza mientras me decía cosas bonitas. Contra su pecho pude sumergirme en el enloquecedor aroma de su perfume y mi cabeza comenzó a pensar locuras como “qué bueno que sucedió esto”.
Fabián me llevó a la policía. Denunciamos a las tipas y llamamos al banco para reportar las tarjetas. Llamé a mi papá para que viniera a buscar el carro porque del susto yo no podía ni manejar. Avisamos a la oficina, que no estaríamos en la tarde.
Saliendo de hacer la acusación formal, Fabián me llevó a comer. No tenía hambre, pero necesitaba una excusa para estar tranquilos y conversar.
-Supe que te opusiste a que despidieran a Rebeca.
-Fue difícil, pero…
-Pero eso habla bien de ti. A veces las personas necesitan segundas oportunidades.Después de decir eso me abrazó y me dio un beso en la frente. Luego me llevó a la casa. Cuando se iba me dio la mano. Creo que finalmente eso es una buena, señal.

lunes, 20 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 15


Diario de una cebollita

Día 15

Zorra

Por Dionisio Guerra

La vida es un cúmulo de contradicciones, pero la mía es un cúmulo de desastres. No sé si existirá otra persona sobre la tierra con la misma suerte que yo, pero siento que el destino a veces me trata muy mal. Un día creo odiar a una persona y al día siguiente estoy enamorada. Otro día abro mi corazón hacia alguien y hoy me entero que esa persona traicionó mi confianza para satisfacer sus propios intereses.
Cuando me desperté decidí que hoy iba a ser el primer día de la nueva historia de mi vida; que no me iba a preocupar tanto por encontrar el amor, si no que iba a poner todo mi esfuerzo en ser feliz y hacer feliz a los que me rodean.
Sé que metí la pata y estaba dispuesta a asumir las consecuencias de esas acciones. Así que me agarré esa actitud y me fui al trabajo. Me puse bonita. Quería derrotar a esa mala suerte que ha estado rodeándome.
Me fui con la mejor actitud, aunque sabía que en el fondo de mi aun seguía una cebollita haciéndome llorar.
Al llegar a la oficina, no pude evitar sentir desprecio por la recepcionista, aunque increíblemente hoy me recibió con una sonrisa. “¡Descarada!”, pensé, pero le respondí con una igual. Me dijo que mi jefe le había dicho que tan pronto llegara fuera a verlo a su oficina.
Me fui directo hacía allá. Lo encontré como meditando con una taza de café entre las manos. Presentí que algo muy grave estaba pasando por la cara que puso al verme. –Siéntate- susurró mientras señalaba la silla con la mano.
“Prepárate”, pensé. Cuando el comenzó a hablar no creí que cada palabra fuera cierta. El hablaba y yo lo miraba como si lo que decía no estuviera pasando.
Empezó contándome lo mucho que me quería y de lo agradecido que estaba con mi trabajo. Luego se refirió al bochornoso incidente del viernes y lamentó que él lo hubiera presentado. Pero que tratándose de una falta de ese tipo, no se podía quedar con las manos cruzadas así que pidió al Administrador copia de los videos de seguridad ese día. Resultando en unos de ellos la imagen clara de una de las colaboradoras de la empresa colgando la hoja con la denigrante frase sobre mi escritorio. La colaboradora no era la recepcionista como yo pensaba. Era la Rebeca.
No resistí y me eché a llorar allí mismo. Él se paró a consolarme. Me trajo agua. Habló muchas cosas que ya no recuerdo, como que no iba a permitir ese tipo de actos en su empresa. Cuando paré de llorar me dijo: “no estoy de acuerdo con que esta persona siga en la Firma, pero voy a dejar todo en tus manos. ¿Qué acción quieres que tomemos?”
Tragué en seco. En realidad no entendía porque él, el jefe supremo, me pedía a mí, una de sus subalternas, tomar la decisión que le correspondía. Pero allí estaba esperando una respuesta de una mujer con lágrimas en los ojos.
Lo debí meditar poco, pero respondí con lo que creo es mi corazón y le dije: “No, creo que ella merece una nueva oportunidad”. Lo que me callé fue que tal vez yo misma propicié ese comportamiento.
Él dijo que eso no se iba a quedar así y que debía ser sancionada. Así que la suspendería por unos días sin derecho a sueldo. Pensé que era suficiente. Le pedí permiso para irme. Llegué a mi escritorio aun llorosa, ante la mirada de todo el personal.
Decidí olvidarme de ese asunto y seguir mi vida normal. Eso intenté. Pero solo hasta después del mediodía cuando se apareció Rebeca con un berrinche que asustó a todos en la oficina. Literalmente arrastrándose llegó hasta mi puesto pidiéndome perdón, agradeciéndome que no la hubiera dejado sin trabajo y no sé qué cosas más.
A las cinco de la tarde, ella regresó más serena y me dijo que de verdad la perdonara, y que ella no merecía esa oportunidad, así que iba a renunciar. No intenté persuadirla. Ella tomó la decisión que yo no pude.
Cuando me iba, vi entrar a Fabián. No estuvo todo el día en la oficina. Fui hasta su puesto y le dije que si podíamos conversar. Me dijo que prefería que fuera mañana, porque ahora debía salir a una reunión. Le acepté su excusa, yo tampoco querría hablar conmigo después de lo que hice. Me despedí y me fui.
Cuando llegué a la casa todavía era de día. Me metí a la cama a pensar y a llorar. No sé si tenga el valor de rogarle a Fabián. Pero quisiera que me diera una oportunidad, porque creo que sería la última en mi vida para ser feliz. :’(

jueves, 16 de julio de 2009

Diario de una cebollita: Día 14




Diario de una cebollita

Día 14

Domingo


Por Dionisio Guerra

¿Quién en el mundo, después de hacer algo como lo que hice, quiere seguir viviendo? Hoy me levanté temprano, pero no hice ningún intento por salir de mi cuarto. Tampoco me moví de la cama. Estuve despierta mirando al techo, recordando lo que pasó y estrujándome el momento en que decidí hacer las cosas de esa forma.
Permanecí así por más de ocho horas. Llorando en silencio, volviéndome loca. Otra vez comenzaba a sentirme sola. Otra vez sentía que no valía nada para el mundo. Sigo pensando que perdí una excelente oportunidad.
A eso de las cinco de la tarde mi mamá vino a tocarme la puerta. La ignoré por varios minutos. Me gritó que me vistiera que íbamos a ir donde mi tía a una reunión familiar. “NO”, le grité desde mi cama, sin moverme.
-Es que ya viene Aldo a buscarnos…y trae a su novia- dijo ella, sabiendo que a eso no podría negarme.
Aldo es mi primo favorito. Compartimos juntos desde que éramos niños, y es casi como mi hermano. Nunca he podido decirle no a algo que él diga. Por eso mi mamá sabía que diciéndome eso lograría sacarme de la muerte en la que estaba sumida.
Me bañé. Me puse un jeans holgado, un suéter ancho, me recogí el pelo con un gancho. No me maquillé ni me puse perfume. Desempolvé mis zapatillas de ejercicios y me puse mis medias rosadas favoritas.
Mi primo pitó desde afuera. Su novia venía en el puesto del copiloto, pero ni siquiera reparé en ella. Mis papás y yo nos sentamos atrás. Aldo hablaba y hablaba con mi mamá, mientras yo indiferente solo miraba por la ventana.
Un “hola” entusiasta me devolvió a la vida. Era la novia de Aldo saludándome. Mientras ella me miraba sonriente, yo intentaba descifrar su alegría. “¿No te acuerdas de mí?, en el Yate, con Fabián. Tu llevaste el dulcecito”.
Mis papás voltearon a mirarme. Yo solo asentí con la cabeza y voltié la mirada a la calle. Efectivamente, fue ella la que dijo despectivamente que yo era una “simple secretaría”. Afortunadamente mis tíos viven cerca, porque no tenía ganas de dar explicaciones.
Cuando llegamos ella no paraba de hacerme preguntas sobre Fabián. Decía que era la primera vez que lo veía enamorado, que muchas del grupo, incluso ella, estuvieron detrás de él, pero que a nadie le hizo caso. Yo quería agarrarla y cerrar le la boca con clavos, pero ni siquiera tenía las fuerzas ni la moral para hacerlo.
Lo peor vino después. Mientras estuvimos en la cena, ella no paraba de hablar y de pronto no sé porqué ni con qué motivos comenzó a contar ante toda mi familia, cómo me conoció. La historia de cuando esta idiota llegó al Yate con un dulce miserable a tratar de impresionar a un exitoso empresario, consiguiendo su total atención.
Yo me moría de la vergüenza. Ni siquiera la eterna discusión de mi papá con mis tíos sobre Hugo Chávez hizo que la familia se olvidara de lo que se dijo en la mesa sobre mí.
Salí al patio a tomar aire. En realidad iba con intenciones de reventar mi llanto, pero detrás de mí se fue la mujer esa a seguir hablándome de Fabián. “No dejes que se escape, es un gran hombre”.
Nos llevaron a casa a eso de las once de la noche. En el carro ya nadie comentó nada. Todos entendían por lo que estaba pasando.
En mi cuarto, mi cama estaba esperándome, todavía bañada en lagrimas. Me sentí hundida en una terrible culpabilidad. No he dejado de llorar desde entonces.