miércoles, 21 de septiembre de 2011

Guía del soltero feliz. Regla 6: El amor no entra con la comida




Cuando uno está buscando novia, parece encontrarse el amor en cada esquina. Lo mio rayaba en lo patético. Estaba casi seguro que que las cosas avanzaban con Gaby, hasta que comenzaron los comentarios en la oficina. Las cosa se puso fea cuando subieron a Facebook las fotos del cumpleaños del jefe, y nos etiquetaron a todos. 
Gaby me mandó un mensaje de texto pidiéndome que hablaramos en el almuerzo. Como queríamos un lugar privado donde nadie pudiese escuchar nuestra conversación, nos fuimos a mi carro y allí, con las ventanas arribas, me dijo que esto no podía seguir como iba, que ella estaba quedando mal porque todo el mundo sabía que yo tenía novia, y no quería verse como una “cualquiera” (palabras textuales).
A mi no me tocó seguir fingiendo a mi novia inexistente y aguntarme la posibilidad de cualquier cosa más con Gaby. Fue una semana triste. Estaba desganado, sin apetito, sin ganas de trabajar y con un impulso tremendo de gritarle a todos que me había inventado una novia. La poca cordura que me quedaba me hizo rectificar y me quedé en silencio.
Todo cambió la semana siguiente. El lunes, un poco antes del mediodía vi llegar a la chica de mis sueños. Desde mi puesto, si me sé acomodar, se puede ver perfectamente quien llega y quien habla con la recepcionista. Allí estaba ella conversando amenamente, comencé a rezar porque fuera una nueva compañera, pero así mismo como llegó desapareció. 
El martes, doce menos cuarto, volvió a aparecer. La forma en que se acomodaba el pelo me estaba volviedo loco. Mientras hablaba siempre sonreía y en los cachetes se le hacían dos huequitos. Me le quería ir encima. Al rato se fue otra vez.
Para el miércoles, desde las once de la mañana estaba esperándola, definitivamente era un patrón, o estaba por comenzar a trabajar con nosotros o venía a visitar a alguien. Al medidodia todavía no llegaba. Comenzó a apretarme una cosa rara en el vientre, como una congoja de esas que te dan cuando niño, cuando ves que a la niña que te gusta se la queda el mamuyon bruto del salón. 
Doce y veinte…la vi otra vez. Esta vez decidí levantarme e intentar averiguar quién era, pero justo cuando me paré, ella salió por la puerta apresurada. 
El jueves esperé hasta las dos de la tarde. Nunca apareció. Fue raro. Me pasé toda la tarde pensando en ella y en la posibilidad de nunca volver a verla. Volvi a sentirme solo, como si se me escapara la última posibilidad de ser felíz en la vida. Estaba al borde del llanto. 
En mi punto de evaporización, tuve una revelación. Algo debía saber la recepcionista, si había hablado tres días seguidos con ella. La explicación resultó de dónde menos la esperaba. <Lo que pasa…es que la señora Rosa, la que nos vende el almuerzo, está enferma y hospitalizada, y ahora los hijos se están encargando de repartir la comida, pa’ no perder el negocio”.
Entonces esa mujer tan linda era hija de la señora Rosa, de la que siempre se comentaba en la oficina que no se entendía como una mujer tan poco agraciada cocinaba tan rico. 
El viernes, desde temprano, estaba esperando la llegada de la que podría ser mi futura novia y desde luego planeando mi acercamiento. “Soy Adrían y tu mamá cocina delicioso”, fue mi mejor frase. 
A las once y cincuenta comencé a rondar por la recepción. Pero en eso sale la de contabilidad y me dice: <Oye, papi, ayúdame a bajar esta caja al estacionamiento>. No pude esquivarla. Allí estaba yo y todas mis esperanzas cargando una caja con papeles bajando en el ascensor, mientras probablemente el amor de mi vida subía por otro lado.
Despaché la caja, lo más rápido que pude, y mientras caminaba sentí como Dios enviaba una ráfaga de luz sobre mí. Allí estaba, parada frente al ascensor esperando subir con un par de cartuchos con el almuerzo de toda la oficina. 
-¿Te ayudo?-Le dije. Ella sonrió mientras me extendía las bolsas sin decir nada. Para hacer el momento totalmente perfecto eramos los únicos que subíamos. Piso uno. El olor de su pelo comienza a crearme cosquillas en la planta de los pies. Piso dos. ¿Le hablo? ¿No le hablo? ¿Qué le digo? Piso tres. Faltan dos pisos, es ahora o nunca. Piso Cuatro. Me decido…
-¿Y cómo sigue tu mamá?-arrojé casi sin pensar lo que decía. Su cara de extrañeza pudo seguir por ocho pisos más. -¿Qué como sigue la señora Rosa?- insistí, esta vez gesticulando como si ella no pudiera escuchar.
Su respuesta no pudo ser peor. <Rosa no es mi mamá…>. Entonces ¿A quién le estaba hablando yo? Hubiera preguntado si no es porque termina su frase con <Ella es mi suegra>.
Otra vez yo, unas bolsas de plásticos llenas de comida y una cara de ridículo, hacían el día. 


Continuará...



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Regla 5: En el súper se super.


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Guía del soltero feliz. Regla 5: En el súper sé super




Los solteros disfrutamos mucho de algunas de las actividades que hacemos en solitario. Ir a la lavandería, hacer fila para pagar la luz o pasar dos horas en un videoclub seleccionando una sola película que nadie nos acompañará a ver, son parte de las cosas que preferimos hacer sin nadie más que nosotros mismos. Hay algo secreto en eso de “hacer mandados raros” que nos cautiva.
Yo, en lo particular, tengo una debilidad por visitar el supermercado. Tal vez por eso no lo hago dos veces al mes, como las personas normales. Lo mío es ir, religiosamente, una vez a la semana a comprar lo que me comeré en los días siguientes, aunque debo confesar que la nueva comida nunca dura más de cuarenta y ocho horas y por eso siempre salgo a comer fuera.
No sé si es la combinación hombre-carretilla, que puedo darme el placer de llenarla sólo de cerveza o que simplemente disfruto tener un cuidadoso orden al escoger lo que compro, pero semanalmente es un ritual que trato de no esquivar cada jueves.
La mejor hora para que un soltero vaya a “hacer súper” es la medianoche. A esa hora, con el local vacío, es más fácil tomarse el tiempo adecuado para escoger lo que se necesita, no hay niños empujándolo a uno con sus minicarretillas (que no debieron inventarse nunca) y es menos probable que te encuentres a gente conocida que se incomoda cuando ve que compras desodorante “roll-on”. No es que me apene la actividad, simplemente la disfruto más en la clandestinidad.
Lo que me pasó ayer es otra historia. Me dejó pensando mucho en cómo debo manejar mi comportamiento mientras hago súper y, debo mencionar que, me perturbó a tal punto que ahora estoy considerando ir los miércoles o cambiar de supermercado.
Todo comenzó en la sección de frutas. Mientras escogía unas tomates, sentí una mirada desde el área de los pepinos. Voltee la cabeza disimuladamente para descubrir la sonrisa de una mujer que tenía sus ojos puestos en mí. ¡Estoy seguro! A esa hora no había nadie en esa parte del supermercado, solo ella, yo y nuestras carretillas. Lo único que me perturbaba un poco era que tenía como quince años más que yo. No tan mayor como una madre, ni siquiera como una tía, era más como una de esas primas mayores. Aunque al parecer, en ese momento, a ninguno de los dos le importaba ese pequeño detalle.
El coqueteo siguió. Yo me moví hacia la lechuga y cuando me di cuenta la señora venía caminando hacía mi agarrando un guineo con las dos manos. Eso me asustó, así que cogí una bolsa y comencé a meter cebollas.
Con el rabito del ojo pude verla en las uvas. En cuanto podía me lanzaba una mirada, mientras agitaba su pelo con el aire que sale de las neveras de la fruta. Cuando tuvo mi atención total agarró una uva y se la metió a la boca.
-Es atrevida- pensé, y le lancé una sonrisa. Ella tomó otra uva, pero esta vez no se la metió a la boca, la hizo rodar hacia mis pies. Luego de eso se dio la vuelta y tomó su carretilla, mientras me hacía gestos con la boca para que la siguiera. El juego comenzó a gustarme.
La seguí por la sección de embutidos y giramos por los quesos, los dos lanzándonos miradas y sonrisas como unos adolescentes. Por la panadería agarró una flauta muy a su estilo y siguió contoneándose con un peculiar “camina'ito”, que a mi empezó a emocionarme.
La “dama” avanzaba, pero yo me mantenía a unos dos metros de distancia, trataba de ser discreto. Además, todo parecía indicar que eso era parte de lo que ella se proponía. Mientras la seguía me dio la impresión de que me quería dirigir a un lugar específico. Mi sorpresa fue descubrir que ese lugar era la “Farmacia”.
Según sus señas yo entendí que me pusiera en la fila. ¿Qué quería esta señora? Mi mente maquineaba a mil revoluciones por segundo. Según yo, sus ojos quería decir “Compra preservativos y vámonos de aquí, que te voy a hacer pasar la mejor noche de tu vida”.
La emoción me agarró, lo confieso, y toda la sangre de mi cuerpo comenzó a hervir. Sentía los latidos de mi corazón a mil, nunca había sido parte de una aventura como esa. Me sentía en una película.
Finalmente hice la fila, delante de mí habían dos señores: uno muy delgado que estaba comprando jarabe para niños y uno gordito y calvo que traía una larga lista de medicinas para pedir. “Apúrese, señor”, quería gritarle. La mujer me esperaba a un lado, cada vez más presumida.
Mientras tanto la chica de la farmacia jugaba a las adivinanzas con el señor de adelante. “¿Una pastilla chiquita y blanca, que sirve para la presión? Señor todas las pastillas para la presión son así.” Su lista pasaba la docena de medicamentos.
Mientras tanto, la mujer disimulaba mirando las toallitas húmedas. Estaba a punto de decir algo al sujeto que se demoraba tanto cuando de repente éste se voltea, busca en los costados y lanza la frase “Mami ¿cómo se llama tu medicina de las varices?”…cuando me volteo, resulta que su “Mami” era  la misma que según yo, me estaba esperando en la esquina para tener una noche de pasión.
Debí ponerme pálido. La mujer se acercó al tipo y le susurró algo al oído. Podía ver su cara colorada de vergüenza. Terminaron de despacharle, tomaron su carretilla y se fueron yo no me atrevía a voltear. Me hubiera quedado petrificado allí por horas si la farmacéutica no me despierta para preguntarme –Joven, a usté qué se le ofrece? -.
Mi cara de perdedor debió ser digna de foto. A media voz le dije “¿Tiene Lomotil?”. 

Continuará...

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miércoles, 31 de agosto de 2011

Guía del soltero feliz.Regla 4: Duda de cualquiera que te etiquete



A Yami le dije que ese día mientras hacía fila me agarró una diarrea. Por supuesto que toda la oficina se enteró y todo momento se volvió propicio para recordármelo. Sinceramente, prefiero eso a que se enteren de mi verdadera razón para salir huyendo como un niño.
Lo peor de todo fue lo que me comentó Yami unos días después mientras le daba el bote. “…No te dije, mi novio cree que eres gay…”, me dijo revolcándose de risa mientras estábamos en el tranque, como si fuera la gran gracia.
No quise preguntarle más. Yo le pago el cine, el habla mal de mí. Estoy en el mundo correcto. Creo que me hubiera afectado más si no sería la primera vez que alguien me lo dice. La vida de un hombre adulto soltero, está arrinconada de comentarios de ese tipo. Lo inquietante es que tres cuartas partes de esos comentarios provienen de otros hombres.
Dejé pasar esa observación como los otras veces. Que un tipo como ese, que tiene una novia que ni siquiera puede llevar al cine, haga comentarios de ese estilo de alguien como yo, me tiene sin cuidado. Así que seguí concentrándome en avanzar en mi objetivo: encontrar una novia.
Le tiré a varias en la oficina, pero ninguna caía. Hasta la practicante tenía novio. Sin embargo, por esas cosas del destino, Yami me escuchó hablando con mi abuela sobre lo bien que iba con mi “novia” y se encargó de regarlo por toda la oficina. 
Fue entonces cuando pasé de ser Adrián, el de sistemas, a “Ad”, “Adri” y hasta “gordo”. Un extraño entusiasmo por mí y por mi novia en todos lados. Que cuándo la conocían, que cómo era, que qué hacía, si era flaca, bajita, trigeña, que si caminaba por la izquierda o por la derecha, que si cocinaba rico, y hasta un “pero ahora que tienes novia, te estás empeluchando, estás como más agarradito”. De repente era un espécimen atractivo para el porcentaje femenino de la oficina.
Por eso, cuando llegó la invitación al cumpleaños del jefe, supe que no debía faltar por ningún motivo. Probablemente sea allí donde encuentre a la chica que ando buscando. Es una fiesta con piscina, así que además podré hacer mi propia competencia en traje de baño.
Durante la semana varias de mis compañeras me preguntaron si iría a la fiesta. Cuando les decía que aún no sabía, me decían que “ay, que cómo alguien como yo no va estar, que nunca es lo mismo sin mí”, que “si voy a llevar a la novia”, que como es una fiesta de la oficina ellas no iban a llevar a sus novios/esposos/quitafrios, que la idea era divertirse con la gente de allí y toda clase de otros argumentos, que terminaron por convencerme que en esa fiesta algo iba a pasar.
Desde que nos avisaron de la fiesta comencé a hacer abdominales todos los días. No es que las necesite mucho, pero quería impresionar.
Todo listo. Mi short rojo de seguro llamará la atención. Es estilo los noventa, tipo “Baywatch”, ni muy largo ni muy corto. Como a las chicas les gusta.
La invitación decía a las dos y a la una y cuarenta estaba yo instalado en el área social del edificio donde vivía el jefe. Fui el primero en llegar, ni siquiera el cumpleañero había bajado. Para la hora que debía comenzar sólo estábamos el jefe, su familia, y yo.
-Y por qué no trajo a la novia- me dice con cara de yo-lo-sé-todo mi querido jefe. Yo no podía articular palabra.
-Se quedó estudiando. El lunes tiene un examen muy difícil- fue la tontería más oportuna que se me ocurrió decir.
-Ah, pero es que todavía está en la universidad. Es una pelaita- dijo mí ahora muy interesado jefe.
-No, ya acabó hace rato. Está cogiendo una maestría-dije pensando que ya lo había arreglado todo. Pero él no se rendía:
-Maestría en qué?-seguía preguntando como tratando de que yo le confesara todo. Estaba a punto.
-En algo de administración- dije yo luego de segundos eternos de reflexión, agregando inmediatamente –Se ve bien la piscina, ya nos podemos meter ¿verdad? Voy a cambiarme- le contesté sin esperar respuesta, yendo directo a los baños a cambiarme.
Me metí a la piscina solo. Para cuando comenzó a llegar la gente ya tenía la piel hecha una pasa. Fueron todos, incluso Yami y Yorch, de los que procuré mantenerme alejado.
El short parecía funcionar. Tenía a la mitad de la oficina a mis pies, literalmente. Recibí todo tipo de halagos, principalmente por mis piernas, de las que decían nunca se imaginaron que las tuviera en tan buen estado.
Parecía que ya tenía a Gaby de relaciones públicas en la mano. Debía tener 23 años, muy flaquita, pero muy linda. Tiene las manos exactamente como me gustan, delgadas y suaves. La sentí varias veces acariciándome la rodilla y eso era una señal muy clara de que algo iba a suceder entre nosotros.
A las siete de la noche, cuando el sol se había ocultado, estábamos todos borrachos pero seguíamos en el agua. Yo había jugueteado con varias durante la tarde, pero estaba seguro que las tenía todas de ganar con Gaby. Así eran las cosas, hasta que sucedió aquel “incidente”.
Eran las siete y media. Lo recuerdo muy bien, a pesar del alcohol, porque alguien grito que si llegábamos a las ocho de la noche no tendríamos trabajo el lunes, y que en ese momento faltaba media hora.
Yo había inventado el juego de sumergirme bajo el agua por más tiempo cada vez, lo que en realidad era una excusa para verle los pechos a Gaby. Ya iba por sesenta segundo aguantado cuando sentí aquella “agarrada”. Mientras estaba bajo el agua, alguien me apretó fuerte las…partes nobles, lo que me hizo salir disparado hacia la superficie. Cuando me volteé a ver cuál de las chicas había fraguado aquella atrevida hazaña, me encuentro con la ahora amigable cara de Yorch.
-Cómo va todo, hermano. ¿Cómo sigue la barriguita?-dijo con su cara sonriente cómo si no hubiese pasado nada. No me atreví a preguntarle nada, y lo único que hice fue devolverle la sonrisita. Salí enseguida de la piscina hacia el baño. La borrachera se me quitó en ese momento. Este era el tipo que estaba cuestionando mi sexualidad con la novia y ahora se sale con semejante “maniobra”.
Mientras estaba en el baño se aparece el susodicho. Cierra la puerta del baño con seguro. Ya no me queda duda, no fue un accidente. Pero la cosa toma un giro que no me esperaba, con los ojos a punta de lágrimas me pide que por favor no le diga nada la novia. <Si quieres me arrodillo>, me dice. Yo le digo que no es necesario.
De regreso a la piscina Gaby me lanza una mirada tentadora. De un chapuzón caigo a su lado. Ella me recibe entrelazando sus manos en mi cuello. No sé si el resto nos ve, pero aquí va a pasar algo. Mientras doy la vuelta, veo que Yami recibe a Yorch de la misma forma. Definitivamente esta no va a ser la misma historia.

Continuará...

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miércoles, 24 de agosto de 2011

Guía del soltero feliz. Regla 3: Regla 3: El cine no es una actividad social



No quiero cargar encima el peso de la mentira que le dije a mi abuela, así que estuve pensando en que ya que le había dicho que estaba saliendo con alguien, bien podía hacerlo realidad.
Comencé entonces a buscar señales por todos lados. Necesitaba una víctima. Estuve pensando gran parte de la mañana en invitar a Irma a salir. Es guapa, soltera, tiene la edad, el cabello, huele bien, no es más alta que yo y creo que me mira de reojo cada vez que paso al baño, pero me arrepentí tres veces.
La primera llegué a su puesto y me quedé mudo. Dos años trabajando juntos y no hemos hablado más de tres minutos seguidos. Además ella es intimidante. Levanta el pecho cada vez que hablamos y siento que a veces puedo tocarlo con la nariz.
-¿Tienes sacapuntas?-le digo sin poder mirarla a los ojos.
-Pero anda y pide en Contabilidad un lápiz mecánico, tengo añales que no sé lo que es sacar punta.- no fue la frase correcta. Sentí que me disminuía al tamaño de un lápiz. Creo que no estoy preparado para una hembrona como esa.
Mientras caminaba a Contabilidad vi a Yesica, la de recursos humanos. Pensé que ella podía ser la candidata perfecta. Tiene un hijo, pero está soltera y tiene muy buena figura. Tremendas piernas sobre todo. No sé qué pensaría mi abuela del niño, pero no tiene por qué saberlo aún.
-Adrián, estaba justito por ir a buscarte.- me lanza antes que yo llegue hasta ella.
-¿A mí?- susurro sorprendido.
-Sí, quiero que me “cojas” un número. Yo sé que tú eres de esos pelaos que siempre cooperan con una. Mira que viene la fiestecita de mi pelao y quiero botar la casa por la ventana. ¿Cuántos quieres?
Probablemente Yesica estaba más necesitada de lo que yo pensaba. Agarré cinco números de la rifa.
De Contabilidad me mandaron a Administración y en ese trayecto descarté a todas las mujeres decentes de la oficina. Parece que ese no era el lugar correcto para buscar a la mi nuevo “levante”.
En el almuerzo me senté sólo en una esquina. Andaba de bajos ánimos. La palabra correcta es decepcionado. Mientas jugaba con la comida, porque el hambre había desaparecido, se me sienta al lado Yami, a la que nunca consideré porque es la que está sentada al lado mío y creo que me conoce los suficiente como para rechazarme a la primera.
Pero casualmente ella, que nunca se calla, comienza a hablar de cine y de lo mucho que quiere ir a ver la película de Harrison Ford, entonces no se me ocurre nada más brillante que decirle: <Si quieres vamos hoy, que es medio precio>.
Después de mirarme por dos segundos (que pudieron ser horas) con cara de incógnita. Soltó un <Dale, pues>, que cambió mi estado de ánimo. Eso hasta que caí en cuenta de que estaba emocionado de invitar a Yami al cine. Ella, la que ama el chayote, dice “enantito” y llora leyendo la revista “Ellas”.
Mi plan era hacer algún acercamiento esa noche y si algo no salía bien, hacer como si nada hubiese pasado. Después de todo yo era el único que sabía de mis intenciones.
-Nos vemos a las siete en el cine. La película comienza a las siete y media. Me gusta llegar siempre temprano para agarrar puesto. ¿Quieres que te compre algo de comer para que no tengamos que hacer fila? ¿Te gusta arriba o abajo? Yo prefiero en el medio, sabes…como me cuesta ver, es mejor ni tan cerca ni tan lejos- eran palabras mías evidenciando mi nerviosismo.
-Ay oye, ni que fuera estreno. A las siete en punto-dijo antes de irse.
Apenas y pude bañarme y cambiarme. A las seis y media estaba yo afuera del cine. Me sentía ridículo, pero de alguna forma, tenía que causar una buena impresión a mi futura novia. Creo que me puse demasiado perfume, todos volteaban a verme. Parecía que medio Panamá estaría en el cine esa noche.
Seis y cuarenta y cinco. El tiempo no avanza, ya comienzo a desesperarme. ¿Si la llamo? No, me dijo a las siete, falta quince minutos aún. Mi manos dan pena, tengo las uñas largas. ¿Qué pensará Yami de eso?
Acaba de pasar mi vecino con su novia. ¿Compro los boletos? Mejor me siento aquí. Apenas las seis y cincuenta. Este reloj se me está jodiendo. El celular tiene la misma hora. Ya me imagino a mi abuela preguntándole cómo nos conocimos. La verdad nunca me imaginé saliendo con alguien del trabajo pero, viéndolo bien, la muchacha es simpaticona.
Faltan todavía cinco minutos. Resulta que todo el mundo vino al cine hoy. Allá van dos compañeros de la universidad. Si fumara, probablemente ya me hubiese acabado una cajetilla. Creo que estoy nervioso. Lo asumo: estoy nervioso.
Está vibrando mi celular. Un mensaje de texto. <YA STOY YEGANDO. SPRAM X LA NTRADA>. Va a llegar. ¿Qué voy a decir? ¿Cuáles serán mis primeras palabras? “Te estaba esperando con ansias Yami”, no, no hay que parecer desesperado. “Hace mucho que no nos vemos”, menos…es un chiste trillado. “Pero qué guapa, te arreglaste”, no seas burro Adrián.
-Buuuu- me sorprende por la espalda. Es ella. Me volteo lentamente con la cara de idiota más rebuscada de mi vida para descubrir que no está sola. –Creo que no conoces a Yorch ¿Verdad?-
Tiene novio. Dos años trabajando uno al lado del otro y nunca supe que la condenada tenía novio. Justo ahora se tenía que aparecer con él. ¿Y por qué no me avisó?
Después de los apretones de mano y las risas fingidas vamos a la taquilla a comprar los boletos. -Si quieren yo me adelantó y compro las tres entradas- , les digo, tratando de huir. Cuando regreso Yorch solo agarra los dos de ellos y me dice “gracias”. Yo no tengo cara para decirle que son ocho con cincuenta.
Ahora les digo que se adelanten para agarrar buenos asientos, que voy a comprar “pop corn”. La fila es enorme, ello siguen sin remordimiento. Mientras la película comienza yo estoy todavía esperando tras seis personas. Mi celular vuelve a vibrar <Yorch quiere nachos y cocacola light>.
Yo creo que Yorch no va a hacer su noche a costilla mía. Voy a la taquilla y compro “UN” boleto para esa película francesa que nadie va a ver. Apago mi celular, y con mis nachos con queso y chili me siento adelante. Paso toda la película llorando ¿Qué diablos voy a hacer ahora?

Continuará...

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miércoles, 17 de agosto de 2011

Guía del soltero feliz. Regla 2: Visita a tu abuela, pero no la hagas pensar demasiado en ti




Después de la boda de mi prima, mi abuela me mandó a llamar. Digo “me mandó” porque así es ella cuando quiere imponer algo: lo riega hasta que todo el mundo se entere de su petición, para que a quien se lo impone le queden menos motivos para no cumplirle.
Yo ya me imaginaba qué quería, y por la forma en que me habló mi tía, toda la familia también. “Ella dice que vengas a verla pronto, que tú sabes que ella está vieja, y que a ti te quiere más que a muchos en esta familia”.
Saliendo del trabajo fui a visitarla. Le compré el “arroz con leche” que ama, pero cuando lo abrió me dijo -Ya no lo hacen como antes- y lo dejó allí sin probar. Lo que vino después ya lo había reproducido varias veces en mi mente durante el camino.
Comenzó diciendo “Sabes que no eres igual al resto de mis nietos. A ti, yo misma te crié, creciste en mis brazos...tú sabes lo que me duele...”. Yo podría decirlo al unísono y nunca sonaría tan terrible. Pareciera como que con 30 años estaba condenando a la soledad de por vida. Como que ella y gran parte de mi familia intuían que ya se me había ido el tren, con eso de que pasaron cinco años desde la última vez que tuve una novia.
Y siguió... “tú sabes lo que me duele ver que todo el mundo está formando una familia y tú te vas quedando mayuyón y solo. Ahora que se casó tu prima, eres el único en edad que no tiene a nadie y ya la gente comienza a hablar. Yo no quiero que hablen de ti...tú sabes cómo es la gente”.
Ahora sí, a mi abuela, la mujer más “poco importa” que he conocido, le interesa lo que la gente hable. Eso no se traduce en nada bueno. Estoy en problemas. Sabía que este día llegaría, pero no estaba preparado para enfrentarla.
<Yo soy feliz como estoy, mama. Yo sé que todo el mundo en esta familia ya ha formado la suya, pero no creo que sea uno de mis intereses hacerlo ahora. Quién sabe si en cinco o diez años, pero no estoy listo para casarme, ni tener hijos. Todavía no. Creo que necesito un mejor trabajo y tener más clara mi vida. Y por encima de eso, encontrar a una mujer que piense como yo, que me guste y que me quiera. Pero ahora estoy joven, soy un pelao todavía. No creo que sea el momento>, le dije sin siquiera procesar las palabras.
Ella comenzó a refunfuñar, con sus clásicas palabras inventadas, a decir que ella ya estaba viejita, que se iba  morir sin verme feliz, y que yo no sabía cuan triste la ponía eso. Realmente la noté triste, y nunca antes la sentí así.
No sé cómo pasó, pero terminé prometiéndole a mi abuela que me buscaría una novia. Tal vez fue solo para que me dejara tranquilo o era algo que mi inconsciente está pidiendo a gritos. Desde Marina, hace cinco años, no había tenido una relación formal. La verdad, los primeros años fue por decisión propia, después hubo un tiempo en que pensé que no encontraría a nadie y me la pasé triste, pero luego simplemente dejó de importarme.
Me fui a casa pensando en las palabras de mi abuela, no tanto por lo que ella pensara, que ya lo sabía, era cuestionándome si yo realmente necesitaba eso de emparejarme. Finalmente creo que mi abuela está más interesada en que me case, a que realmente consiga una novia como se debe.
Entré al apartamento y por primera vez me acoge una inmensidad. Estoy solo ¿Cuándo eso comenzó a preocuparme? Hasta hace un par de horas yo era totalmente feliz. Después de escuchar a mi abuela me ha quedado como un vacío. Ese mismo vacío estaba por todos lados esa noche y ni siquiera puedo encontrarme.
Reviso mi teléfono buscando algún soporte, solo para darme cuenta que hace más de diez días que nadie me llama. La última llamada fue de mi mamá. ¿Será que la viejita tiene razón y que así será el resto de mi vida?
Me acuesto pensando en eso, y despierto tres semanas después con una gran idea. Dos, nueve, nueve. Tres. Cinco. Seis. Seis. –Abuela ¿Cómo estás? –Le dije que hace dos semanas estaba saliendo con una vieja amiga, que le estaba dando una oportunidad, y que nos estaba yendo muy bien. Pude sentir alegría en su respuesta. Tal vez solo me estaba siguiendo la corriente. –Quiero conocerla ¿Cuándo me la presentas?-sentenció, mientras a mí me remordía la conciencia por estar mintiéndole a una de las mujeres más importantes de mi vida. ¿A quién estoy engañando? Vamos a ver hasta dónde llega esto.


Continuará...




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